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domingo, 21 de marzo de 1999

La estética musical en el Medievo cristiano; o un viaje estético a las formas musicales gregorianas

Hablar de estética musical en el Medievo cristiano es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». Y porque la belleza de una obra musical reside en su forma, recorreremos los elementos que la identifican. Es, por tanto, un estudio filosófico-estético-poético, que trata de descubrir las manifestaciones humanas contenidas en este repertorio: La música no es otra cosa que la expresión alegre o dolorida de los sentimientos humanos, porque en ella, igual que en el alma humana, todo tiene cabida.

Palabras clave: Música litúrgica, Humana, Bella, Expresiva, Emocionada.

Es harto conocido que la música medieval ha sido objeto de especulación por parte de maestros de la época, que vertieron al papel sus lucidas lucubraciones filosófico-estéticas en magníficos tratados: Boecio, Hermannus Contractus, Alcuino, San Agustín, Aureliano de Reomé, Remigio de Auxerre, Hucbaldo de St. Amand, Odón de Cluny, Reginon de Prüm... De ellos y de su doctrina ha hecho una magistral exposición Fubini, qui en se apresura a decir: Tanto es así que, si se echa una ojeada a las decenas de tratados sobre música escritos desde el Renacimiento carolingio en adelante, no puede uno sustraerse a la sensación de aburrimiento que genera la aparente uniformidad existente en los temas tratados, en las definiciones casi idénticas que calcan los unos de los otros, en los problemas que someten a debate y en las soluciones que ofrecen, cristalizadas siempre, al parecer, en los mismos esquemas. Cierta es, a nuestro juicio, esta grave aseveración, como lo es también el juicio que emite a continuación, al estudiar al teórico Juan de Garlandia: Es evidente que, durante el siglo XIV, comienzan a hacer sus primeras apariciones, aunque sea tímidamente, conceptualizaciones acerca de la belleza de la música en tanto que hecho autónomo, belleza que encuentra su única justificación en sí misma: en la belleza pura que los sonidos emiten.

 

Si comenzamos estas reflexiones citando al maestro Fubini es precisamente porque no que- remos provocar el mismo tedio de que habla, en el convencimiento de que este sentimiento es lo más lejano a una reflexión sobre lo bello, al placer provocado por una obra musical. Por ello queremos situar, desde el principio, por donde va a discurrir nuestra especulación -mejor, nuestra contemplación- del hecho musical del Medievo cristiano. Porque hablar de estética musical en esta época es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». En efecto, una obra de arte puede escrutarse desde distintos puntos de vista. En las obras musicales podríamos estudiar las formas, tratar de determinar su belleza, su perfección o sus defectos; o tratar de descubrir en ellas la expresión de determinadas ideas, la descripción de los sentimientos o pasiones; o la influencia que la música produce, o las emociones que provoca. Todo ello y mucho más es la honda reflexión estética que vamos a abordar.

Ante esta tarea se nos presentan muchos interrogantes: ¿dónde reside la belleza de una obra musical?. Cuáles son los caracteres que la hacen bella? ¿Qué sentimientos o pasiones despierta? ¿Es acaso su forma lo que nos conmueve, o es más bien el mensaje que late en ella? ¿Puede trascender una obra medieval a su tiempo y hacernos conmover hoy, por ejemplo, igual que en el siglo V?


 


Sólo en el disfrute de la obra musical -diríamos más, en su interiorización- podemos encontrar una respuesta razonable a estos y otros interrogantes, dejando antes por sentado que la belleza de la música depende de distintos factores. Habría que acudir aquí a la diferenciación de unas obras de otras, para tratar de descubrir los caracteres que las hace únicas en su composición y únicas en la percepción de intérpretes y de oyentes. Y llegaríamos a la conclusion de que la belleza de una obra musical reside en su forma, en su más íntima esencia. Cabría preguntarse entonces por los elementos que la identifican, o que la hacen ser como es, y, al mismo tiempo, la diferencian del resto.

Decía Santo Tomás de Aquino que «la belleza incluye tres condiciones: integridad o perfección (integritas sive perfectio), ya que aquello que está dañado es por eso mismo feo; proporción adecuada o armonía (debita proportio sive consonantia)…

Toda la conferencia, en PDF, puede descargarse gratuitamente AQUÍ

lunes, 15 de marzo de 1999

III Jornadas de Canto Gregoriano. Scriptoria y códices aragoneses.

Quand je pense à tous les livres qu'il me reste à lire,
 j'ai la certitude d'être encore heureux.
(Jules Renard)

Scriptoria y códices aragoneses


Una vez más, fieles a la cita anual, la Cátedra de Música Medieval Aragonesa ofrece al lector el resultado de las III Jornadas de Canto Gregoriano: Scriptoria y códices aragoneses. Quienes asistieron a las conferencias podrán releer y saborear despacio cuanto allí se dijo; quienes no pudieron hacerlo, tendrán ahora la ocasión de conocer un poco más esta faceta de la historia de la música medieval. El empeño y la ilusión de tantas personas, que no podemos mencionar, ven así satisfecho su deseo de divulgar un mundo rico en sonoridades y lleno de vida centenaria. El mundo de los códices (A. Cabanes); El códice y el libro en la Cesaraugusta visigoda (G. Fatás); Escritores e iluminadores de códices (P. Falcón Pérez); Códices litúrgico-musicales del monasterio (P. Calahorra); Códices aragoneses y su práctica musical (L. Prensa) son las ponencias que llenaron esos días de sonidos, imágenes y palabras. 


De todo ello queda aquí constancia, excepto por motivos insoslayables de la conferencia del profesor G. Fatás. Pero no sólo eso; la música viva, nuestro último destino, tuvo su máxima expresión en la Misa cantada en el Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Casbas (Huesca) y en las Vísperas en el Monasterio de la Encarnación (Huesca). De este modo, una vez más, pudimos realizar nuestro deseo de aprender para cantar, y cantar en los mismos lugares para los que fueron concebidas las obras gregorianas: los monasterios e iglesias. Siempre queda camino por hacer; siempre hay temas nuevos que tratar; siempre hay piezas gregorianas que interpretar. Pero no habría camino que recorrer, ni nuevos temas que sacar a la luz, ni otras piezas que aprender y cantar sin el estímulo de muchísimas personas, que, con el empuje de su ilusión, nos ayudan a hacer realidad nuevos proyectos. Al fin y al cabo, a todos ellos se debe esta nueva edición y las que quedan por venir.
Con la ayuda de los códices, de los viejos pergaminos, de los vetustos libros litúrgicos nos hemos acercado un poco más al corazón de la música litúrgica medieval. Gracias a ellos hemos aprendido a entender mejor nuestro canto. Y como cantar es una buena forma de caminar, en el camino seguiremos encontrándonos. 

Luis Prensa, Director de la Cátedra de Música Medieval Aragonesa y Pedro Calahorra, Director de la Sección de Música Antigua.

Ficheros disponibles para descarga individual (gratuita):

Conferencias:

Imágenes de las III Jornadas de Canto Gregoriano: