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miércoles, 15 de septiembre de 1999

Graduale et prosarium ad usum Cluniacensem (975-1100).

Un écrivain, c’est quelqu’un qui a le luxe, la chance ou, parfois, le désespoir de pouvoir noter
ses gestes inutiles, ses pensées inutiles
en plus des autres !
Et d’arriver parfois à en faire quelque chose
qui tienne debout.

(J. M. G. Le Clézio)


Manuscritos medievales:
Graduale et prosarium ad usum Cluniacensem
(975-1100)


La liturgia se
convirtió prácticamente en la única ocupación de los monjes
de la abadía de Cluny
Entre los nombres importantes en la historia del monacato de occidente destaca sin duda, para bien y para mal, el de la Abadía de Cluny. Un nombre admirado y venerado por unos, debatible o simplemente condenable, según otros. Los monjes cluniacenses aparecen en el mundo monástico como una “bandera discutida", por su estilo peculiar de vida y por la gran importancia que en la edad media alcanzó su monasterio, hasta poder calificarse como “la abadía más célebre de la cristiandad medieval”.

La gran familia monástica que tomó su nombre de la abadía borgoñona de Cluny y creció hasta comprender más de mil casas, grandes y pequeñas, ofrece al historiador el espectáculo de desarrollo numérico e institucional, de influencia religiosa y eclesiástica y de importancia política y sociológica sin paralelo en la Edad Media anteriormente. Creó un imperio espiritual y temporal único en su época, y en el interior de los monasterios que se le sometían y se abrían a su influencia, un orden especial, en relación con el caos ambiental que fue la primera época feudal. Desde el punto de vista eclesiástico, se ha afirmado que, como pocos papas fueron capaces de morar establemente en Roma, Cluny se convirtió, durante casi todo el siglo XI, en centro espiritual de la cristiandad y pudo comunicar su espíritu a toda la época.
Se diría que frente a Cluny no se puede ser neutral. Desde siempre ocurrió lo mismo. Es normal que Urbano II, un cluniacense elevado al sumo pontificado, llamara a Cluny la “luz del mundo” y que un monje y cardenal tan cortés como Pedro Damián, en varias cartas dirigidas a san Hugo tras su visita a la abadía, donde fue, sin duda, agasajado espléndidamente, se deshiciera en elogios enfáticos de los monjes que había visto y tratado: su aspecto edificante, su comportamiento modesto, el garbo con que soportaban sus jornadas repletas de obligaciones, el sumo cuidado, tan emocionante, con que celebraban la liturgia…; para él, Cluny era un monasterio sencillamente incomparable. Pero por aquel mismo tiempo empezaron a correr escritos en que se criticaba abiertamente el monacato cluniacense. Ya a principios del siglo XI, el obispo Adalberón de Laon denunciaba al rey de Francia Roberto el Piadoso algunos abusos que había observado: Los monjes, caballeros en sus mulas y rodeados de gran boato, recorrían el reino, acudían a la corte, visitaban a los obispos, viajaban a Roma para entrevistarse con el papa, todo ello con un solo fin: defender los intereses de su soberano, el abad de Cluny.

Dejando aparte el acierto o la exageración de ambas posturas con respecto Cluny, y con el propósito de dedicar más artículos al gran fenómeno monástico que fue durante siglos la abadía borgoñona, hoy centraremos la atención sobre uno de los aspectos más llamativos de la vida regular en dicho cenobio: Su exuberante vida litúrgica.

Se ha dicho que la clave para penetrar en el secreto de Cluny es la imagen de la Jerusalén celestial que baja a la tierra y la liturgia de la gloria que describe el Apocalipsis. Gloria de Dios y felicidad de los hombres que lo han dejado todo para seguir a Cristo, la basílica constituye, como indica su mismo nombre, el palacio donde el Rey de la gloria recibe el homenaje de sus súbditos, todavía ciudadanos del mundo, pero deseosos de anticipar la liturgia celestial, de pregustar las delicias eternas. Seguir a Cristo, para el monje cluniacense, podría simbolizarse en las procesiones: Las iglesias no eran solamente lugares en que se celebraba la eucaristía y se salmodiaba, permaneciendo los monjes quietos en el coro, a menudo, la comunidad orante, siempre al unísono, se desplazaba a través de los claustros ritualmente, que rememoraban la marcha de los hebreos a través del mar Rojo y del desierto; marcha de Jesús muerto hacia su resurrección; marcha de todos los hombres entre los obstáculos de la vida, entre las pruebas purificadoras de la supervivencia. Los monjes representaban periódicamente esta marcha, avanzaban siguiendo la cruz gloriosa del Señor que los había llamado para que le sirvieran como cortesanos en la imponente basílica de Cluny.

El monacato cluniacense no innovó, ni intentó empalmar con el monacato primitivo, el original, ni volver a la pureza de la Regla benedictina: fue esencialmente una continuación del monacato carolingio, aunque se distingue de él, aparte la centralización de los monasterios, y algún otro punto, sobre todo por haber subrayado más y más algunos de sus rasgos más relevantes, especialmente todo lo referente al culto divino. Esta inflación litúrgica no se impuso desde el principio, sino que fue creciendo más y más a medida que pasaban los años. La liturgia, en tiempo del segundo abad cluniacense, san Odón (878-942), debía ser relativamente sobria. A propósito del aumento progresivo de las misas solemnes, expresó Odón su parecer de que la auténtica piedad se mantiene mejor si las solemnidades son raras más que si son frecuentes. Lo que realmente importa es la pureza de corazón y la vida interior; sin ellas toda solemnidad es vana, y el culto, devoción estúpida ("stulta devotio").


Uno de sus sucesores y quinto abad de Cluny, san Odilón (961-1049), por el contrario, condujo la liturgia cluniacense hacia un ritualismo cada vez mayor; la exuberante vida litúrgica del monasterio dio origen a una copiosa producción de himnos, oraciones y otras piezas de diversa índole; la salmodia, las misas, las letanías, los oficios de supererogación (mérito extra) se convierten en una ascesis dura que exige, para vivirla, una vida espiritual selecta y una seria formación intelectual. En tiempo de san Odilón, y tal vez ya en el de san Mayolo, Cluny puede definirse como una sociedad litúrgica, si no exclusivamente, sí fundamentalmente. Pero fue durante el régimen del gran san Hugo (1024-1109) cuando el ritualismo alcanzó su máximo desarrollo, como lo atestiguan las diferentes redacciones de las Consuetudines (costumario de la comunidad), además de otras fuentes históricas.

La liturgia lo invadió todo. El oficio divino ya no era la principal ocupación del monje, al lado de la lectio divina y el trabajo, como quería la Regla de san Benito, sino prácticamente la única; apenas quedaba tiempo para otra cosa, y si quedaba, el espíritu y el cuerpo estaban tan fatigados que no tenían humor para nada. Según las Consuetudines de la segunda mitad del siglo XI, los monjes de Cluny cantaban o recitaban diariamente 215 salmos; asistían a dos misas conventuales -la matinal y la mayor-; tomaban parte en procesiones, letanías y otras prácticas devotas; escuchaban, en las vigilias, la lectura de la Biblia entera todos los años, además de largos pasajes de los Padres todos los días. La liturgia se había convertido en un peso enorme, insoportable. El propio Pedro Damián, un asceta durísimo, declara que no podría aguantar semejante carga.

Pedro Damián conocía por experiencia lo que era la liturgia cluniacense. Escribió incluso su Apología preguntándose porqué tanta insistencia en los oficios eclesiásticos, hasta el punto de no quedar a los monjes ni siquiera media hora de intercambio fraterno en toda la jornada. Y contesta que la salmodia es en Cluny un trabajo incesante, dispuesto providencialmente y con gran discernimiento para suprimir la posibilidad de pecar. Como se ve, justifica la prolijidad de la salmodia sólo por ser un medio de evitar la ociosidad y los pecados que ésta fomenta. También justifica que se haya abandonado el trabajo manual para dedicarse por entero a la oración comunitaria usando alegoría, típica de esta época: el Señor sugirió a los hebreos la ocupación de salmodiar continuamente al liberarlos de la esclavitud de Egipto y conducirlos a la tierra prometida, pues los dispensó de trabajar en el campo y en los diversos oficios de artesanía y de toda preocupación por las cosas necesarias para la vida, gracias al maná que les daba todos los días; no ciertamente para que estuvieran mano sobre mano, sino para que se ocuparan más santa y devotamente en la meditación de su ley, en ofrecer sacrificios y en desarrollar las ceremonias del culto.


Alabar, bendecir, glorificar a Dios era el objeto principal de la vida monástica. El santuario y el culto debían ser espléndidos, porque Dios tiene derecho a que se le sacrifique lo más precioso que la creación produce: la basílica debía ser tan rica y tan bella como el tabernáculo de Moisés y el tempo de Salomón; los cluniacenses hacían del fasto por Dios el símbolo de su unión con la ciudad de arriba, de su tensión hacia la gloria del Reino. Nada era demasiado bello ni demasiado suntuoso para la casa de Dios, donde el brillo del oro, el resplandor de las lámparas y el perfume de los inciensos concurrían para ofrecer a quienes se acercaban a ella un anticipo de los esplendores de la corte celestial.

La prolija liturgia de Cluny exigía, para ser apreciada y seguida con interés, no solamente esa pureza de corazón que podían poseer los conversos y los hombres sin letras que recitaban padrenuestros, sino un refinamiento de espíritu. La ejecutaba diariamente, la perfeccionaba y la enriquecía con nuevos elementos, era un servicio de corte en presencia del Rey de reyes, cumplido con una técnica refinada, una etiqueta perfecta, regulada hasta los detalles mínimos por un ceremonial completísimo.

Pero, con toda seguridad, no tuvieron en cuenta que los monjes no eran ángeles, ni espíritus bienaventurados y la fatiga y el hastío harían presa en unos monjes sometidos a un horario insoportable. El mismo san Ulrico confiesa que tan larga salmodia le pesaba a veces como una “massa plumbea"; a él y a los demás monjes, pues, según dice, entre oficio y oficio cada cual, sentado en el coro, hacía lo que podía; poniéndose él mismo como ejemplo, añade que a veces oraba fervorosamente, otras se dedicada a rumiar salmos y otras dormitaba.

Además, según Jean Leclercq, en tiempo de Pedro el Venerable (1092-1156) sólo una tercera parte de los monjes de Cluny vivía en el monasterio, lo cual según dicho experto en la vida monástica medieval tuvo que ver no poco con la liturgia: La vida de comunidad -una comunidad de varios centenares de monjes -en la abadía borgoñona, con su interminable salmodia, sus ceremonias, sus numerosos oficios y solemnidades, se hacía literalmente insoportable para muchos temperamentos. Por falta de fervor o por necesidad, no pocos, tal vez en su gran mayoría, procuraban evadirse, al menos por una temporada. La administración de prioratos rurales o granjas, las peregrinaciones a Roma o a Tierra Santa, el cumplimiento de un encargo en beneficio de la comunidad, de la Orden o de la Iglesia, el pasar una temporada en una ermita eran otras tantas ocasiones de liberarse de la massa plumbea. Servir al Rey de la gloria en su palacio de Cluny era un honor, pero no una tarea cómoda y leve y se le podía servir, evidentemente, de otras maneras en prioratos y granjas.

Hay que decir, en honor a la verdad, que no fue Cluny quien quebrantó el admirable equilibrio que establece la Regla de san Benito entre el opus Dei (como le llama él) o liturgia, la lectio divina y el trabajo manual, pues la tradición del monacato carolingio que heredó ya lo había roto, pero tampoco lo restauró; al contrario, acabó por destruirlo del todo y contribuyó más que ninguna otra institución benedictina a mantener y propagar semejante desequilibrio. Desequilibrio que, como veremos, producirá grandes reacciones en el ámbito monástico.


El artículo completo AQUÍ


lunes, 7 de junio de 1999

¡GRACIAS A UN MAGNÍFICO GRUPO DE INVESTIGADORES!

¡GRACIAS A UN MAGNÍFICO EQUIPO DE INVESTIGADORES!


Quiero hacer, desde aquí, un merecido homenaje al equipo de investigadores de la Cátedra de Música Medieval Aragonesa, surgida de la extinta Sección de Música Antigua de la Institución “Fernando el Católico” (organismo autónomo de la Excma. Diputación Provincial de Zaragoza), que está llevando a cabo una paciente, laboriosa y exhaustiva labor de digitalización, indexación y estudio del repertorio litúrgico musical del Medievo aragonés. ¡Gracias de corazón!

Su silencioso trabajo se verá recompensado con la publicación de los resultados en la biblioteca virtual de la mencionada Institución, haciendo así posible a otros estudiosos e investigadores el conocimiento y el acceso a unas fuentes hasta ahora poco conocidas:

http://ifc.dpz.es/publicaciones/ver-coleccion/id/6

Esta es la brillante nómina, de la que todos, y especialmente Pedro Calahorra (http://ifc.dpz.es/publicaciones/ver/id/3073y yo como directores de este proyecto (http://ifc.dpz.es/publicaciones/ver/id/2500), debemos estar enormemente orgullosos:

Felicísimo ArranzBreviarium monasticum (s. XI). Archivo de la Catedral de Huesca;

María Bejarano GordejuelaGraduales (ss. XV-XVI). Archivo de la Catedral de Barbastro (Huesca);

Alberto Cebolla Royo. Processionale de Sijena (s. XV);

Jesús Clavería LuengoBreviarium oscense. Pars Prima. Pars Altera. Pars Tertia (finales del s. XII)Archivo de la Catedral de Huesca;

José Luis García RemiroAntiphonarium de Sanctis. Munébrega II y III (ss. XIII-XIV). Archivo de la Parroquia de Munébrega (Zaragoza);

Reyes Gil MarcosGraduale Cartusiense (s. XVI). Cartuja de Aula Dei (Zaragoza);

Eloy Gracia Lázaro. Breviarium (s. XIII). Archivo de la Catedral de Huesca.

La foto que encabeza esta entrada muestra al equipo en uno de los inolvidables y fructíferos días de trabajo de campo en el Archivo Capitular de la Catedral de Huesca. Además de los mencionados, aparece también el ya desaparecido Archivero, Don Damián Peñart, siempre solícito y amable donde los hubiera, y Natividad P. Soguero, informática del grupo amen de organista y clavecinista. Y faltamos Alberto Cebolla y yo mismo, fotógrafo para la ocasión.

A todos ellos ¡GRACIAS!



martes, 1 de junio de 1999

In memoriam Manuel Pallás, de Manuel Pérez.


Manuel Pallás (in memoriam)


DE LOS "AMIGOS DEL CANTO GREGORIANO" A
MANUEL PALLÁS BADÍA
(+1-6-99)

Amigo:
Voy a tratar de no hacer mucho ruido con mis palabras; como tú desearías. Tú que pasaste por esta vida de puntillas para no molestar, mereces el respeto de que lo que diga sea solamente un suave murmullo; como te mereces. No obstante, el corazón desearía alzar la voz para que todo el mundo supiera que no vamos a poder olvidarte; ni llenar tu ausencia.
Manuel: te recordaremos siempre como la dulzura y la poesía del gregoriano. Gesticulabas con las manos y con la boca, con tal suavidad, que parecías susurrar el canto. Cuando levantabas los brazos y las manos, como acariciando las olas de un mar imaginario, tu cuerpo se elevaba al mismo tiempo, llevando el ritmo de la melodía y dejándote caer sobre las puntas de los pies, como si cabalgases, tal como decías, sobre un caballito de las ferias. El ritmo era una suave danza en tu afán de ilustración. Demostrabas tal gozo en tus ademanes, en la entonación, en todo cuanto decías y hacías, que contagiabas el gozo por el canto. Deseabas que aprendiéramos a vo-ca-li-zar, poniendo boca de pez y a si-la-be-ar, palabreando cada frase, pero sin olvidarnos de los acentos, que es una cosa sumamente trascendental en el gregoriano; la nota que corresponde al acento, recalcabas, siempre es la justa, la más idónea, puesta a propósito y en el sitio que le corresponde. Y continuabas adoctrinando: el texto debemos leerlo solo con el rabillo de un ojo; con el resto de éste y el otro completo, debíamos mirarte con atención, a tus gestos, a tu boca, a tus manos que gesticulaban acompasadamente, a la vez que con los dedos simulabas un alfabeto para mudos, con la inicial de cada sílaba. Y añadías: hay que matizar los sentimientos y jamás podremos hacerlo, si desconocemos lo que dicen los textos latinos. Y los traducías al castellano, una y otra vez, hasta que nuestro tono de voz se correspondía con la letra. Así eras tú y tu espíritu lo sigue siendo entre nosotros.
La tarde del ensayo, cuando supimos tu muerte, puestos en pie te cantamos In Paradisum, en la forma que a ti te hubiera gustado, ya que todos teníamos la certeza de que entonces ya gozabas del Paraíso de los nobles de corazón, de los humildes, de los silenciosos y que debe ser el Paraíso más hermoso de todos los posibles.
Espéranos ahí, maestro; ve preparando el diapasón y las partituras, que juntos formaremos el coro de Canto Gregoriano más grande y mejor templado de todos los hasta ahora conocidos. Hasta luego, amigo.
Por todos los compañeros del Coro "Amigos del Canto Gregoriano",

Manuel Pérez

domingo, 21 de marzo de 1999

La estética musical en el Medievo cristiano; o un viaje estético a las formas musicales gregorianas

Hablar de estética musical en el Medievo cristiano es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». Y porque la belleza de una obra musical reside en su forma, recorreremos los elementos que la identifican. Es, por tanto, un estudio filosófico-estético-poético, que trata de descubrir las manifestaciones humanas contenidas en este repertorio: La música no es otra cosa que la expresión alegre o dolorida de los sentimientos humanos, porque en ella, igual que en el alma humana, todo tiene cabida.

Palabras clave: Música litúrgica, Humana, Bella, Expresiva, Emocionada.

Es harto conocido que la música medieval ha sido objeto de especulación por parte de maestros de la época, que vertieron al papel sus lucidas lucubraciones filosófico-estéticas en magníficos tratados: Boecio, Hermannus Contractus, Alcuino, San Agustín, Aureliano de Reomé, Remigio de Auxerre, Hucbaldo de St. Amand, Odón de Cluny, Reginon de Prüm... De ellos y de su doctrina ha hecho una magistral exposición Fubini, qui en se apresura a decir: Tanto es así que, si se echa una ojeada a las decenas de tratados sobre música escritos desde el Renacimiento carolingio en adelante, no puede uno sustraerse a la sensación de aburrimiento que genera la aparente uniformidad existente en los temas tratados, en las definiciones casi idénticas que calcan los unos de los otros, en los problemas que someten a debate y en las soluciones que ofrecen, cristalizadas siempre, al parecer, en los mismos esquemas. Cierta es, a nuestro juicio, esta grave aseveración, como lo es también el juicio que emite a continuación, al estudiar al teórico Juan de Garlandia: Es evidente que, durante el siglo XIV, comienzan a hacer sus primeras apariciones, aunque sea tímidamente, conceptualizaciones acerca de la belleza de la música en tanto que hecho autónomo, belleza que encuentra su única justificación en sí misma: en la belleza pura que los sonidos emiten.

 

Si comenzamos estas reflexiones citando al maestro Fubini es precisamente porque no que- remos provocar el mismo tedio de que habla, en el convencimiento de que este sentimiento es lo más lejano a una reflexión sobre lo bello, al placer provocado por una obra musical. Por ello queremos situar, desde el principio, por donde va a discurrir nuestra especulación -mejor, nuestra contemplación- del hecho musical del Medievo cristiano. Porque hablar de estética musical en esta época es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». En efecto, una obra de arte puede escrutarse desde distintos puntos de vista. En las obras musicales podríamos estudiar las formas, tratar de determinar su belleza, su perfección o sus defectos; o tratar de descubrir en ellas la expresión de determinadas ideas, la descripción de los sentimientos o pasiones; o la influencia que la música produce, o las emociones que provoca. Todo ello y mucho más es la honda reflexión estética que vamos a abordar.

Ante esta tarea se nos presentan muchos interrogantes: ¿dónde reside la belleza de una obra musical?. Cuáles son los caracteres que la hacen bella? ¿Qué sentimientos o pasiones despierta? ¿Es acaso su forma lo que nos conmueve, o es más bien el mensaje que late en ella? ¿Puede trascender una obra medieval a su tiempo y hacernos conmover hoy, por ejemplo, igual que en el siglo V?


 


Sólo en el disfrute de la obra musical -diríamos más, en su interiorización- podemos encontrar una respuesta razonable a estos y otros interrogantes, dejando antes por sentado que la belleza de la música depende de distintos factores. Habría que acudir aquí a la diferenciación de unas obras de otras, para tratar de descubrir los caracteres que las hace únicas en su composición y únicas en la percepción de intérpretes y de oyentes. Y llegaríamos a la conclusion de que la belleza de una obra musical reside en su forma, en su más íntima esencia. Cabría preguntarse entonces por los elementos que la identifican, o que la hacen ser como es, y, al mismo tiempo, la diferencian del resto.

Decía Santo Tomás de Aquino que «la belleza incluye tres condiciones: integridad o perfección (integritas sive perfectio), ya que aquello que está dañado es por eso mismo feo; proporción adecuada o armonía (debita proportio sive consonantia)…

Toda la conferencia, en PDF, puede descargarse gratuitamente AQUÍ

lunes, 15 de marzo de 1999

III Jornadas de Canto Gregoriano. Scriptoria y códices aragoneses.

Quand je pense à tous les livres qu'il me reste à lire,
 j'ai la certitude d'être encore heureux.
(Jules Renard)

Scriptoria y códices aragoneses


Una vez más, fieles a la cita anual, la Cátedra de Música Medieval Aragonesa ofrece al lector el resultado de las III Jornadas de Canto Gregoriano: Scriptoria y códices aragoneses. Quienes asistieron a las conferencias podrán releer y saborear despacio cuanto allí se dijo; quienes no pudieron hacerlo, tendrán ahora la ocasión de conocer un poco más esta faceta de la historia de la música medieval. El empeño y la ilusión de tantas personas, que no podemos mencionar, ven así satisfecho su deseo de divulgar un mundo rico en sonoridades y lleno de vida centenaria. El mundo de los códices (A. Cabanes); El códice y el libro en la Cesaraugusta visigoda (G. Fatás); Escritores e iluminadores de códices (P. Falcón Pérez); Códices litúrgico-musicales del monasterio (P. Calahorra); Códices aragoneses y su práctica musical (L. Prensa) son las ponencias que llenaron esos días de sonidos, imágenes y palabras. 


De todo ello queda aquí constancia, excepto por motivos insoslayables de la conferencia del profesor G. Fatás. Pero no sólo eso; la música viva, nuestro último destino, tuvo su máxima expresión en la Misa cantada en el Real Monasterio Cisterciense de Santa María de Casbas (Huesca) y en las Vísperas en el Monasterio de la Encarnación (Huesca). De este modo, una vez más, pudimos realizar nuestro deseo de aprender para cantar, y cantar en los mismos lugares para los que fueron concebidas las obras gregorianas: los monasterios e iglesias. Siempre queda camino por hacer; siempre hay temas nuevos que tratar; siempre hay piezas gregorianas que interpretar. Pero no habría camino que recorrer, ni nuevos temas que sacar a la luz, ni otras piezas que aprender y cantar sin el estímulo de muchísimas personas, que, con el empuje de su ilusión, nos ayudan a hacer realidad nuevos proyectos. Al fin y al cabo, a todos ellos se debe esta nueva edición y las que quedan por venir.
Con la ayuda de los códices, de los viejos pergaminos, de los vetustos libros litúrgicos nos hemos acercado un poco más al corazón de la música litúrgica medieval. Gracias a ellos hemos aprendido a entender mejor nuestro canto. Y como cantar es una buena forma de caminar, en el camino seguiremos encontrándonos. 

Luis Prensa, Director de la Cátedra de Música Medieval Aragonesa y Pedro Calahorra, Director de la Sección de Música Antigua.

Ficheros disponibles para descarga individual (gratuita):

Conferencias:

Imágenes de las III Jornadas de Canto Gregoriano: