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jueves, 20 de abril de 2000

Reflexiones de un monje de Poblet sobre la utilidad.

Estaba yo una vez mostrando a una familia el monasterio de Poblet, donde vivo, cuando después de haberles enseñado la sala llamada del abad Copons, una de las señoras del grupo me preguntó: 
«¿Y ¿para qué sirve?».
Monasterio de Santa María de Poblet
     Imagínense ustedes (si no la han visto) la mencionada construcción: una bóveda de piedra de perfecta mecánica gótica, con unos arcos (con fuertes nervaduras de sección rectangular) del siglo XIV, que no arrancan de ménsulas, sino directamente del muro: una sola nave de gran anchura y de proporciones exactísimas. ¡Y la señora me pregunta para qué sirve!
     No pude cambiar de tema de conversación y ponerme a hablar de fútbol puesto que no tengo la menor idea de deportes; así que me vi obligado a contestar directamente: «¿Le parece a usted poco que esta sala sea tan bonita? ¿Ha visto usted otra semejante en el resto de España o de Europa? Si una sala así es bonita, ¿se la tiene que exigir, además, que esté al servicio de otra cosa?... ¿Para qué sirve el cuadro de “Las lanzas”? Absolutamente para nada..., para nada menos que para contemplarlo embelesado. Pues lo mismo ocurre con esta sala. Deléitese usted contemplándola. Deje que su espíritu se dilate en esta espléndida creación de espacio».
     La señora asintió. No recuerdo quién era. Pero el diálogo se dio hará de ello unos tres años. Pues bien, si alguien me preguntara un día un poco como esta señora, «¿para qué —de qué— sirven los monjes?», le contestaría con muchísimo más aplomo: «Absolutamente para nada. Un monje no sirve "de" ni sirve "para". Un monje sirve "a". Sirve a Dios. Exigir que incluso los monjes seamos una especie de instrumento "de" o "para" es una aberración a la que ha llevado a muchos la actual civilización (por llamarle a eso de algún modo), esta civilización que arranca en parte de Adam Smith y su fábrica de alfileres y, más aún, de Marx, aquel aburrido "príncipe de los serios como le llamaba Sartre. Gracias, en gran parte, a este Karl, nuestro mundo ha perdido, en efecto, el sentido de lo gratuito, lo lúdico: todo tiene que ser para ser valioso, un instrumento de producción. Ser productivo o no ser., éste es el problema. ¡Menudo mal ha hecho a la inteligencia el señor Marx! ¡Menuda deformación general ha desencadenado! Una sartén sirve realmente "para" freír, sirve "de" recipiente "para" que el aceite no se vierta y "para" que se fría lo que ha puesto en ella el cocinero o la cocinera, teniéndola por el mango. Las cosas (¡las "cosas"!) pueden servir "de", pueden servir "para". Pero ¡las personas! ¡Y los monjes!».
     ¿Se le ocurriría a alguien preguntarle a una dama «para qué» sirve o «de qué» sirve su marido? Si una señora pensara que a su marido se le pueden aplicar estas expresiones sería señal de que él, el marido, era para ella un marido-sartén. (Y, a la verdad, como —se vea o no se vea— mandan afortunadamente ellas, son ellas las que tienen la sartén por el mango, y en este sentido, todos los maridos son maridos-sartén; pero ése es otro tema).
     Con este preámbulo estamos preparados para comentar el título de este artículo: ¿De qué sirven los monjes? ¿Para qué? La respuesta es: naturalmente que los monjes no sirven absolutamente para nada.
      Si han edificado tantos bellos monasterios en España y en el resto de Europa, eso es solamente un subproducto de la vida monástica. Si el monacato benedictino y cisterciense extendió e intensificó en Europa la cultura del vino y del pan (es decir, el cultivo de la vid y del trigo), eso es una pura resonancia residual no intentada por si misma. Si los monjes hemos contribuido antaño a trasladar la cultura clásica y religiosa antigua a la Edad Media europea y hemos producido bellos manuscritos: si algunos monasterios han sido granjas-modelo, eso es simplemente un producto residual no buscado directamente.
     Los monjes nunca hemos intentado ser productivos, Dios nos libre: los monjes no hemos dado golpe en nuestra vida, ¡vamos! ¡Eso está más claro que el agua!   
P. José Alegre, Abad de Poblet
 Los monjes no servimos «de» ni «para»; servimos «a» Dios: que encima no lo necesita, ¡admírense! Somos nosotros, es el mundo entero, quienes necesitamos servir a Dios, porque el amor no puede reprimir sus expresiones. Somos nosotros quienes necesitamos expresar nuestra gratitud., nuestra glorificación y nuestra alabanza., por pobres que sean. A Dios no le va en este juego absolutamente nada. Quiero decir: al Dios de la metafísica. Al Dios católico, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, le va la vida humana de su hijo; véanle en la cruz. Dios, en tanto que Dios, no sufre en absoluto si nosotros nos olvidamos de él; pero, en cierto sentido, tan intensamente real que es inexpresable, Dios «sufre» si ve que nos alejamos de él; como sufriría una madre que viera que su hijo está a punto de caerse en un pozo.
     Resumo: los monjes no servimos absolutamente para nada: no tenemos nada que ver con lo que hemos, involuntariamente, producido —sean viñedos, sean monasterios, sean miniaturas—: lo que ocurre es que hoy vivimos en una civilización en la cual no producir, no hacer nada, no está valorado. Pero eso no nos importa. Nosotros., a servir a Dios, y en paz.
Texto de Agustín Altisent.

miércoles, 19 de abril de 2000

Gregoriano y órgano en Aragón, S. XVII: la tradición de La Seo de Zaragoza.

La musique repose sur l'harmonie entre le ciel et la terre, 
sur la coïncidence du trouble et du clair.
(Hermann Hesse)


Gregoriano y Órgano en Aragón en el siglo XVII: 
La tradición de la Seo de Zaragoza

Órgano: Jesús Gonzalo López
Director: Luis Prensa Villegas
Schola Gregoriana Domus Aurea 




Los bellos textos del canto gregoriano, 
impregnados de poesía y lirismo, 
inspiraron a los sabios tañedores aragoneses del siglo XVII 
para componer sus versos para órgano y explicitar instrumentalmente 
su sentido literario logrando así una emoción cercana al éxtasis. 
Este disco, acompañado de un folleto explicativo, 
recoge una selección de obras 
que por su contenido textual y musical 
pueden provocar en el oyente 
una mayor profundización en lo humano e inmaterial.

 

Índice de pistas

01-Exsurge Domine. Introito, modo I
02-Gloria in excelsis Deo. Misa XI, modo II
03-Sanctus. Misa IV, modo IV.
04-Exultet caelum laudibus. Himno, modo V
05-Lauda Jerusalem. Salmo 147, modo VII
06-Salve Regina. Antífona, modo I
07-Pange lingua. Himno, modo V, a 3, sobre bajo.
08-Magnificat. Cántico, modo VI, para órgano
09-Media vita. Responsorio, modo IV
10-Ave Maris Stella. Himno, modo I
11-Primera obra de I tono, sobre el paso de La Salve.


Interpretado con el órgano histórico de Cariñena (Zaragoza).

Edición: Institución "Fernando el Católico", Tecnosaga.

martes, 18 de abril de 2000

La Abadía Cisterciense de Santa María la Real de la Oliva (Navarra).

L'homme est la perfection de l'Univers, 
l'esprit est la perfection de l'homme, 
l'amour est la perfection de l'esprit, 
et la charité est la perfection de l'amour.
(Saint François de Sales)

La Abadía de Santa María la Real de la Oliva (Navarra)



    La Abadía de Santa María la Real de la Oliva es un monasterio situado en la localidad navarra de Carcastillo (España), al norte de las Bardenas Reales, de las cuales es congozante. Fue fundada en el año 1145 por el rey navarro García Ramírez llamado el Restaurador. Destaca su construcción románica, siendo uno de los edificios más relevantes del románico navarro.
    La Oliva, importante muestra de arte cisterciense, es un conjunto monumental fundado en el siglo XII. Obtuvo el favor y apoyo del Papado, la nobleza y monarquía navarra y logró, a mitad del siglo XII, ser uno de los monasterios más poderosos de Navarra gracias a sus tierras y extensa biblioteca.
    Más adelante los problemas políticos y la desamortización de 1835 sumió al monasterio en la ruina y el abandono. Hasta 1927 no volvió a ser habitado y reconstruido.

            La majestuosa fachada principal abre las puertas a un lugar mágico. La iglesia de Santa María, con una parte gótica y otra románica, fue sufragada por Sancho VI el Sabio y su hijo Sancho VII el Fuerte. Fue construida en piedra sillar entre los siglos XII y XIII. Consta de tres naves. La austeridad cisterciense se aprecia en la sencilla decoración del templo, que apenas se ciñe a motivos vegetales, animales y fantásticos y algunas claves en las bóvedas. Cuenta con una sala capitular que integraba el primitivo claustro del siglo XII, preciosa expresión de obra protogótica, y un hermoso claustro gótico del siglo XIV.

    El movimiento monástico Cisterciense nace en Francia a comienzos del siglo XI (1098), cuando un grupo de monjes del monasterio Cluniacense de Molesmes, abandona su comunidad para formar una nueva, en la localidad de Citeaux (Cister). Al frente de ellos, el abad Roberto pretende restaurar la Regla de San Benito de Nursia, que en el año 545 había dado origen a los Benedictinos. La nueva orden abandona todo signo externo de riqueza y viven del trabajo de sus manos, "ora et labora". El abad Roberto es obligado por el Papa a regresar a su comunidad, y será su sucesor, Alberico, el que consiga el reconocimiento de la orden por el Papa Pascual II. Por último, el tercer abad, Esteban Harding, promulga la Carta de Caridad que recoge las normas por las que se regirán todas las comunidades de la orden, y funda las comunidades de La Ferté, Pontigny, Morimond y Claraval que serán las casas madre del resto de los cenobios cistercienses posteriores.
    En 1113 comienza la expansión de la orden en Francia. Será Bernardo de Claraval, sucesor de Esteban, quien favorezca la expansión de la orden, primero en Francia y posteriormente en el resto de Europa. A la muerte de Bernardo, en 1153, prosigue la expansión de la orden aunque con menos intensidad, pasando de trescientas cincuenta abadías a alrededor de seiscientas cincuenta en 1250. La orden refuerza su presencia fuera de Francia, en países, como Inglaterra, Alemania, Italia y la península Ibérica, Grecia y Oriente Medio. El vigor inicial de Claraval es sustituido por Morimond, y Citeaux esperará hasta la segunda mitad del siglo XIII para crear nuevas abadías como Royaumont o L'Épau. A partir de 1200, se añade la proliferación de casas femeninas, con la creación de numerosas filiales de Tart y Las Huelgas, llegando a contar con más de cuatrocientas abadías a finales del siglo XIII.

Organización del monasterio
Todos los monasterios cistercienses se organizan de manera muy similar: todos viven bajo la obediencia de un abad, que es el encargado de ordenar la vida de la comunidad; es elegido por los monjes y será el que represente a la comunidad en las reuniones generales de la orden (capítulo general). Está auxiliado por el prior, que es nombrado por el abad, y es el primero (prior) de los monjes. El ecónomo, es el encargado de llevar las cuentas de la abadía. El cillerero, es el responsable del almacén de alimentos (cilla). El sacristán es el encargado de la realización de las actividades del culto y el que llama a la oración. El hospedero, adjunto al cillerero, es el encargado de acoger y atender a los huéspedes. Durante los rezos del día el chantre dirigirá el coro de los monjes y dirigirá las procesiones, y en caso de no existir bibliotecario, se encargará de la custodia de los libros. El portero es el que guarda la entrada de la abadía. Completará la plantilla el enfermero encargado de la atención a los enfermos y de elaborar las fórmulas con las plantas medicinales.

Los monjes
    La vida del monje del Cister se basa en el retiro y la pobreza para llegar, a través de la oración, a la comunión con Dios. Las abadías cistercienses se ponen bajo la advocación de la Virgen, a la que profesan una devoción especial. La comunidad monástica vive en régimen de autarquía, fuera de las costumbres y modas de la época, rechazando los beneficios eclesiásticos, aunque con el paso del tiempo, los abades del Císter llegaron a tener una gran influencia dentro de la iglesia, incluso llegando alguno de ellos al papado (Eugenio III). El propio Bernardo de Claraval tuvo una gran influencia en su época, llegando a ser llamado por el Papa para predicar la segunda cruzada. La entrada en el monasterio se produce como novicio, que es iniciado en el aprendizaje por algún monje anciano, conviviendo juntos dentro del monasterio los monjes y los novicios, excepto en las reuniones del capítulo, cuando los monjes entran en la sala capitular y toman asiento en torno al abad. Al término del noviciado, delante del abad y la comunidad, pronuncia solemnemente los votos de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres, tras lo que se convierte en monje profeso. Tendrá como única vestimenta una túnica de color crudo, que es la que dará a los cistercienses el sobrenombre de "monjes blancos". Estará sometido a la regla de San Benito y vivirá en soledad dentro de una vida cenobítica. La jornada estará marcada por el oficio divino, y el resto del tiempo lo dedica a la oración, la lectio divina y al trabajo manual.

    Tras el Concilio Vaticano II el Cister ha sufrido una profunda renovación en sus formas, aunque en su esencia permanece en los mismos ideales: soledad, oración, trabajo.

La estética musical en el Medioevo.

Aucune grâce extérieure n'est complète si la beauté intérieure ne la vivifie.
La beauté de l'âme se répand
comme une lumière mystérieuse
sur la beauté du corps.
(Victor Hugo)




Según el teórico Juan de Garlandia «es evidente que, durante el siglo XIV, comienzan a hacer sus primeras apariciones, aunque sea tímidamente, conceptualizaciones acerca de la belleza de la música en tanto que hecho autónomo, belleza que encuentra su única justificación en sí misma: en la belleza pura que los sonidos emiten".

Es, por tanto, un viaje iniciático al mundo de lo bello, a la delectación sonora, al fulgor transmitido por quienes sabían expresar sus pasiones más íntimas mediante el artificio sonoro. Un viaje que ora será́ sobrecogedor, ora lleno de serenidad, ora luminoso, ora dulce reposo. Porque es todo esto y mucho más lo que se oculta detrás de las melodías que, a lo largo de los siglos, han servido para calmar desdichas y desolaciones; para apaciguar extravíos y contiendas; para escanciar arrebatos y delectaciones; para, en fin, ensanchar el alma y espigar sus contradicciones.


Es, en verdad, la belleza que late en estos sentimientos hechos música lo que da sentido a nuestro viaje, lo que justifica nuestra prisa por transitar una vía milenaria, llena de colores y de sonidos, de abismos y de atajos, de tormento y de transfiguración. Porque la música no es otra cosa que la expresión alegre o dolorida de los sentimientos humanos. Y si en el alma humana cabe todo, en la música, que es su reflejo, todo tiene cabida.

Con palabras llenas de poesía y belleza lo expresaba así un esteta y, al tiempo, especialista en Estética. «Música mística que nos lleva al otro lado de la razón, que glorifica el amor como vida y muerte, que dignifica la carne en tanto que emblema del espíritu, y concede a nuestros oídos el honor de ser puerta abierta al más allá, escuchando lo invisible, expresando lo inefable».

En adelante, dejando sentado estos principios y con el apoyo de obras significativas del repertorio litúrgico-musical del Medievo, recorreremos los distintos jalones de este itinerario, para extraer de su análisis los resultados estéticos que identifican este rico tesoro musical. Habrá que entrar, para ello, en el corazón del autor, en su sensibilidad, en su estado de ánimo, en sus condicionantes, para, a través de todo ello, entender el mensaje y la estética subyacentes.
Evidentemente, esta reflexión sobre lo bello, esta contemplación del hecho musical, puede asomarse a tantas parcelas del conocimiento musical como variedades han existido a lo largo de los siglos, pues muchas son las manifestaciones musicales en la historia de la humanidad, y a estudiar con detenimiento el fenómeno estético del canto litúrgico medieval, conviene definir, ya, a qué repertorio se alude y, obviamente, qué repertorios se excluyen del estudio.



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sábado, 15 de abril de 2000

Dolor físico.

DOLOR FÍSICO




Transcribo literalmente lo que, cierto día, encontré en la red, en busca del silencio del desierto que acallara el incesante ruido del dolor. No recuerdo la dirección de dónde la tomé.

Después de leer esta cruda vivencia ¿en qué lugar se halla la música? ¿Dónde, nuestro deseo de dominar el mundo de los sonidos depositados en tan bellos manuscritos? Seguramente se halla en el silencio del desierto, donde cualquier ruido se convierte en dulce melodía o en insufrible cantinela.

Por cuestiones personales, últimamente me he visto reflexionando sobre el dolor físico y sus consecuencias. Espero que me perdonen el atrevimiento de creerme capacitado para tratar ese tema. Habrá gente que pensará que no soy la persona más adecuada para hacerlo. Otras hay que lo sufren de manera continuada, y están destinadas a hacerlo durante toda su vida. Conozco algunos casos y sólo puedo intuir lo que lo que eso podría llegar a significar habiendo pasado por alguna que otra crisis, que en mi caso han sido pasajeras, aunque verdaderamente intensas. Es importante la reflexión, porque el dolor es una cuestión que puede hacerse presente en cualquier momento y deberíamos estar preparados para hacerle frente. Es un enemigo cruel y despiadado que acecha constantemente para conseguir nuevas víctimas vistiendo diferentes ropajes, distintas enfermedades. Los avances que ha venido teniendo la medicina, junto a ciertas consideraciones morales impuestas sobre todo por la religión, pueden llegar a convertirse llegados a casos extremos, más en un peligro que en una verdadera ayuda. Si se me permite el consejo ya que hemos entrado en un tema que provoca tanta controversia, no estaría de mas que estando sanos tanto física como mentalmente, nos decidiéramos a redactar el llamado “Testamento Vital”, dejando claro a médicos y familiares cuales son nuestras opciones si llegado el momento no se nos puede consultar.
            
Pero sigamos hablando del dolor. Yo he llegado a considerarlo como algo vivo. Un ser maligno cuya ocupación es causar el mayor daño posible. En mi primera experiencia que pasé hace ya algunos años, así lo sentí y ya nunca he podido verlo de otra manera. Mantuvimos una guerra en la que llegó a ganar muchas batallas, pero al final fue derrotado. Nunca pude olvidar los episodios pasados y durante estos años en que me vi libre sabía que a la menor oportunidad volvería a presentarse para convertirme de nuevo en otra de sus presas. Cuando se hace presente en su cara más brutal la finalidad es convertirse en la única realidad del que lo padece. Se apodera por completo de tu persona y hace desaparecer lo mejor de tu vida.

Cuando caes de esa manera en sus garras, las sesiones de tortura se harán interminables. No hay piedad posible. Pero lo último que cabe es la resignación. Nuestra rebeldía ha de hacerse patente, realizando todo lo que esté en nuestra mano para combatirlo y nunca, por muy duro que pueda hacerse, se ha de perder la esperanza de conseguir vencer. Dos son los recursos a nuestra disposición:
            
En primer lugar, acudir a los que deberían ser nuestros aliados en esa lucha: Nuestros seres más cercanos que nos servirán de apoyo, y los profesionales –médicos y enfermeras- aunque a veces el sistema sanitario y algunos de los que forman parte de él más parece que colaboren con nuestro enemigo que con nosotros. No hay que desesperar. En esos casos, hay que seguir intentándolo hasta encontrar el especialista que acabará por implicarse en nuestra lucha. A los demás, si es que hemos tenido la desgracia de toparnos con ellos, hay que mostrarles nuestro desprecio de la forma más práctica: denunciándolos en las instancias oportunas.
            
En segundo lugar, pero no menos importante, está el mantener en alto nuestro ánimo durante todo el tiempo que nos sea posible. Inevitablemente habrá momentos duros en que decaeremos, pero hemos de conseguir siempre levantarnos para intentar controlar nosotros a nuestro enemigo y no ser controlados por él. No es tan poderoso cuando disponemos de los recursos adecuados, y es vital impedir que el mal, que es tan sólo físico, invada nuestra mente y se convierta también en sicológico. Siempre que podamos debemos recuperar nuestra vida, su normalidad, hemos de seguir cultivando nuestros intereses intelectuales y sociales, regalarnos con el disfrute de las personas y cosas que nos gustan. Volvernos a sentir nosotros son las pequeñas victorias que darán sentido a lo que ocurre. Tampoco nos sintamos víctimas, aunque tengamos todas las papeletas para serlo: Somos combatientes y como tales hemos de comportarnos.
            
Una última cuestión. Personalmente, mis mayores satisfacciones no han llegado cuando hemos logrado aminorar el dolor o acabar con él. Eso lo que produce es descanso. Han llegado cuando peor me encontraba y quedaban ánimos para soltar alguna ocurrencia que hacía sonreír a los que se encontraban alrededor y me demostraba a mí mismo que no me había destruido, que aún podía burlarme de él, hacerle un corte de mangas mental que no cura físicamente, pero que sienta de maravilla. Que te den, capullo...
          
Hay mucha gente que sufre en esta vida. Pero el sufrimiento del dolor físico intenso y constante es otra cosa. Tanto que los mismos hospitales ya tienen unidades del dolor. Las leyes y la moral deberían estar al lado de los que lo padecen, pero desgraciadamente no suele ser así. Eso sería materia para otro tipo de reflexiones. Hoy sólo quería mostrarles mi cariño a los pacientes y pedirles valor para mantener en alto el ánimo y seguir adelante. Como en tantos otros aspectos de la vida, aún nos quedan muchas batallas por librar a todos para sentirnos derrotados por algo.