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sábado, 3 de junio de 2023

La recepción en la catedral de Huesca de un nuevo y valiosísimo códice, un himnario.

De novo codice seu himnarium in oscense cathedrale receptio.

 



Envió recaudo el Ilustrísimo y Reverendísimo Señor Obispo, por medio de su Capellán, al Deán del Capítulo de su catedral, para indicarle que la mejor hora para poder atenderles, como habían solicitado, sería después de la Sexta. Cantada la cual, el Deán, acompañado del Archidiácono y Arcipreste de Berdún, junto con el Chantre o capiscol como caput scholae de la catedral, al que acompañaba el paraphonista hebdomadario de turno, y un paso más atrás el Archivero, flanqueado por el encargado del scriptorium catedralicio, y un clérigo que portaba un pequeño bulto envuelto en un sedoso paño, todos ellos, corporativamente como si de un asunto importante se tratara que requiriera tal liturgia, atravesaron la Plaza de la Catedral y subieron a los aposentos de Su Ilustrísima Reverendísima, que les esperaba cum benigna manu, animo misero et risu grato.

 


El annulus episcopalis recibió las cumplidas reverencias de las Dignidades y húmedos ósculos de los menos dignatarios y más humildes servidores. Aposentados todos ellos, con la anuencia episcopal, el Deán rogó al Archivero que explicara a Su Ilustrísima el objeto de aquella embajada catedralicia. La ilustrada Dignidad del Archivero habló de la riqueza que un nuevo libro suponía para el archivo y biblioteca de la catedral, fuente y guardiana de la cultura de los clérigos, depositaria de los cánones y preceptos, de las historias fundamento de feudos y privilegios, arca de la sabiduría humana explanación de la divina. Y que para la presentación de este nuevo volumen con que se enriquecía la catedral, puesto que de un libro se trataba el bulto que el tonsurado clérigo había portado en el tránsito, por tratarse de un códice musical, rogaba al Chantre que explicase a Su Ilustrísima la importancia del mismo. Intentando alzarse y acomodándose mejor en su poltrona, el Chantre comentó a Su Ilustrísima que, gracias a sus desvelos pastorales, en el poco tiempo que hacía de la reconquista de la ciudad, la diócesis oscense había logrado un desarrollo y andadura perfecto, como se podía observar en la laus perennis del Oficio Divino que ocupaba gran parte del día a la clerecía catedralicia. Oficio Divino completo en textos y melodías que convertían la oración de la Iglesia en un eternal y armonioso canto. Y que para completar este desarrollo se había escrito este libro (que el tonsurado clérigo se apresuró a llevar a Su Ilustrísima desplegando el sedoso paño que lo encubrían).

 

Encerraba dicho volumen nada menos que ciento quince himnos, algo importante en el Oficio Divino por cuanto el himno es un trasunto poético de la fiesta litúrgica que se celebra y de los textos que la resaltan. Costumbre aceptada desde arcanos siglos, con aportaciones iniciales de Ambrosio, el gran pastor de la sede milanesa, y del mismo Prudencio, el importante poeta aragonés, de cuyos poemas latinos la Iglesia no quiso privarse de cantarlos. Los que encerraban este volumen provenían, unos, de monjes itinerantes que portaban hallazgos de otras tierras, y que con diligencia eran copiados y asimilados; otros, de oficios litúrgicos que de lejanos scriptoria llegaban al oscense; los más, de los monasterio más o menos cercanos que celebraban un mismo santoral y kalendario festivo similar al de la diócesis oscense; sin desmerecer la aportación de clérigos de la catedral, grandes latinistas y poetas, que supieron expresar líricamente la emoción religiosa de alguna celebración en acertados versos y estrofas, que el Chantre procuraba expresar aún más bellamente aplicándoles esplendentes melodías surgidas en el entorno de la schola cantorum de la catedral.



El Chantre, en este momento invitó al paraphonista hebdomadario que entonara tal himno, uno de los más acertados, a su juicio, poética y musicalmente. La inclinación episcopal como anuncia al permiso solicitado, dio paso a una soberbia torrentera de voz, profunda, sonora, que asustó un tanto a los adormecidos clérigos por tanto estereotipado discurso. Te lucis ante terminum. Al comienzo de la segunda estrofa, un arqueado de las episcopales cejas acercó a Su ilustrísima a su Capellán, quien le aseveró que ya estaban dispuestos los bizcochos, vinos y aguasdulces con que quería agasajar a tan dignataria embajada. Momento que aprovechó el Deán para recordarle al Arcipreste de Berdún que a las kalendas próximas correspondía reunión del Decanato.

 

Al terminar el himno, con su obligado y esperado remate del Amén, Su Ilustrísima alabó y agradeció la ofrenda de este nuevo y valiosísimo códice musical para su catedral y que tanta gloria iba a dar a Dios Nuestro Señor y a su Santa Iglesia, y que sería objeto de deseo de muchos por su valor teologal y musical y lo bien escrito que estaba, por lo que felicitaba, cómo no, al Deán, al Archiprete, al Chantre, al conservador del scriptorium, y por fin al scriptor del mismo (que resultó ser el tonsurado que con tanto mimo lo había portado, hombre culto como ninguno, ducho en letras y en sonidos, en palabras y en neumas, un verdadero artista, palabra). Prosiguió Su Ilustrísima su perorata, en la que confesó que había tenido una especie de visión o sueño premonitorio, en el que había entresoñado, más bien entrevisto, a un hombre de porte juvenil, con señorial perilla, al que todos tenían por sereno y plácido, pero que a la postre resultaba ser algo así como un serrano capaz de tomarse el códice y los himnos por montera, dado ser no muy fabeto y alterador de principios e ideas, y los cruzara con cancioncillas banales y ligeras, que ya algo similar hiciera cruzando, en reciente publicación, nobles canciones y marchas de los no menos nobles estados europeos que en su día serían con las guajiras y tangazos de la Tierra de Fuego, y que podría darse el caso de que en vez del versus alleluiaticus un día entonáramos en su lugar el aserejé. ¿Qué quesejé. . .? preguntaron asustados los asist (me resisto a intentar de nuevo seguir transcribiendo el texto de estas apócrifas Cronicarum Oscensium Collectio, un tanto espuria a mi juicio, y un tanto difícil de leer porque, gutta cayendo, las aguas y humedades las estropearon ostensiblemente, y son hoy difícil de leer, tal es su deterioro. Esperaremos a mejores tiempos.)


 

Firma, por lo transcrito,

 

Pedro,

eius cognomen a civitate calagurritana fuit nuncupatus,

Calahorra.

 

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