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lunes, 3 de junio de 2024

ACCENDITE. ACCENDITE. ACCENDITE.

ACCENDITE, ACCENDITE, ACCENDITE.

VIEJAS LITURGIAS PARA LA NOCHE SANTA DE LA RESURRECCIÓN

 





Un pequeño grupo de amigos de los viejos libros de iglesia y de su música estamos saboreando un grueso antiphonarium de tempore, perteneciente a no sabemos qué iglesia, pero que se conserva en el archivo de la catedral de Barbastro. Lentamente vamos pasando los grandes folios mientras comentamos entre nosotros las características de los textos, ritos y melodías que, tranquilamente, vamos rememorando. De pronto alguien llama nuestra atención sobre algo inusual en nuestros conocimientos, como si de un hallazgo se tratara: A manera de antífona, con su correspondiente notación musical y repetido tres veces, cada vez con mayor empaque, hallamos la palabra Accendite (encended). Nos hemos transportado a la vigilia del Sábado Santo, al comienzo mismo de la misa de la noche In resurrectione Domini.


Nuestra primera reacción es cantar esta antífona, dándole ese carácter de insistencia con su repetición de la palabra accendite. Después nos preguntamos a qué se refiere este mandato de encender: necesariamente serían luces, luces y más luces para resaltar la celebración. Y también, quién cantaría esta pequeña antífona: tal vez lo haría un diácono, y por qué no un infantillo o niño cantor como era costumbre en algún momento de la misa solemne con el obispo, o por qué no, tal vez fuera el propio obispo o celebrante quien entonase esta pequeña antífona admonitoria.

 

Nos vemos obligados a dejar momentáneamente nuestro grueso antifonario para recabar el sentido y el uso de esta pequeña y sentida antífona: Accendite. Accendite. Accendite. Y lo primero que hacemos es dirigirnos a los anaqueles informáticos virtuales de códices litúrgicos. Pronto uno de nosotros nos presenta un antiquísimo sacramentario/evangeliario cesaraugustano datado entre la segunda mitad del siglo XIII y la primera del XIV. Y ahí, oh ventura, hallamos una primera contestación a nuestras inquietudes. “Concluidos -dice- los ritos bautismales, el presbítero tome vestimenta festiva con su ministros y háganse sonar todas las campanas. Después vayan al altar, el diácono portando en su mano una vara “cum serpente”. Cuando llegue a la entrada del coro quien porta esa vara o cetro diga en alta voz “Accendite”; y el coro responda “Deo gratias”. Algún dato más tenemos ya de la parafernalia que envolvía este momento litúrgico del Accendite, con ese diácono cantor portando en su mano un cetro de plata sin duda, con una serpiente plateada enroscada al mismo, y el solemne canto de dicha invitación a encender las luminarias. Seguimos con nuestra búsqueda y damos con un magnífico Missale Caesaraugustano, que Pablo Hurus imprimió hermosamente en Zaragoza en el año de 1485; y buscamos con fruición el pasaje que buscábamos:

“Entonces el obispo bautiza a tres niños. Hecho lo cual y libres de ocupación, los cantores inician el responsorio “Cantemus Domino”, y cantando dicho responsorio retornan al coro. En este momento suenen las campanas, y el obispo con los ministros de la misa revestidos para la solemnidad se acerca al altar, y tenido el momento penitencial de la misa, comiencen los cantores a decir “Accendite. Accendite. Accendite”. Por ahora el encargo de cantar la admonición “Accendite” parece ser diaconal; y comprobamos que más de cien años después de la cita anterior, se mantiene la solemnidad de este momento en las iglesias zaragozanas.

 


Habíamos iniciado el recorrido en Barbastro, y descendido a Zaragoza recogiendo testimonios valiosos para nuestro empeño, pero alguien aportó un testimonio de fuera de la ciudad y de otro lugar diferente de la región aragonesa. Otro precioso Sacramentario/Evangeliario del siglo XIV de la parroquia del lugar de Munébrega, vecino al Monasterio de Piedra, nos mostraba su testimonio sobre nuestro canto del Accendite. Dice así: “Acabados los ritos del bautismo, suenen las campanas, y dé comienzo la misa”. En el trayecto hasta el altar se concluyen las letanías iniciadas en el rito sacramental: “Llegados al altar dos cantores digan “Agnus Dei qui tollis . . .”. Entonces uno de los dos cantores diga con excelsa voz “Accendite”. Enciéndanse los cirios que portan en sus manos los neófitos recién bautizados, y sean encendidas todas las luces de la iglesia”. Muy significativas las precisiones de este códice: El decir en alta voz se traduce aquí “dicat excelsa voce”; se tiene presente en el momento a los neófitos recién bautizados, adultos, puesto que “in manibus tenent” los cirios; y se destaca el fin de tal gozosa admonición: que se enciendan todas las luces de la iglesia convirtiéndola en un haz de luz: “Illuminetur tota ecclesia”.

 

Alguno, muy diligente, nos muestra el Tractatus de antiqua ecclesiae disciplina in divinis celebrandis officiis [Tratado de la antigua disciplina de la Iglesia en la celebración de los oficios divinos], obra insigne del benedictino Edmundo Martene, editada en 1706. Con asombroso trabajo nos va mostrando los ritos medievales en las iglesias europeas, y de su mano vamos conociendo que la práctica del rito cantado del Accendite se daba siempre muy solemnemente en iglesias episcopales como Estrasburgo, Besançon, Lyon, Poitiers, Troyes, Narbona y otras más. Recogemos algunos datos que da el benemérito benedictino al respecto: “Celebrado el bautismo, se inicia la letanía tertia, a cuyo final los mismos cantores, o un diácono, o niños revestidos con albas, por tres veces claman “Accendite”; a continuación se encienden los cirios. Y así explica este rito el misal de Narbona: El diácono de pie delante del altar y vuelto hacia los fieles cante tres veces ”Accendite”, y el coro responda “Lumen Christi”; “Accendite. Respóndase “Lumen Christi; “Accendite”. Respóndase “Deo gratias”. . .

 


Poco difiere el misal autissiodorense [de Auxerre]: “Concluida la última letanía, comienza el cantor o el sacerdote en voz alta “Agnus Dei”. Inmediatamente un niño resvestido con alba dice en alta voz “Accendite”. De la misma manera el cantor con voz más alta “Agnus Dei etc.”. Y el niño igualmente con voz más alta “Accendite”. De nuevo el cantor con entonación altísima “Agnus Dei etc.”; y el niño con entonación igualmente altísima “Accendite”; y terminada la letanía se encienden todos los cirios. . .En primer lugar, como dice Alcuino, se encienden los cirios que los neófitos sostiene en sus manos, mostrando con ello que cada uno debe recibir la luz del cordero que quita el pecado del mundo”.

 

Alguien en este momento nos ha recordado la ratio leída antes en el misal cesaraugustano del s. XIII: “Porque tanta luz en esta noche de la resurrección del Señor se explica con el canto del Gloria, que ha de ser cantado con gran devoción, dado que los que se hallaban en las tinieblas de los vicios ciertamente han vuelto a la luz de las virtudes y aquellos que eran posesión de diablo, ahora es el Espíritu Santo el que habita en ellos”.


Hemos visto un viejo rito litúrgico, expresado por doquier en toda la Iglesia católica. Un grito, un clamor: “Accendite”. Porque Cristo resucitado


Texto de Pedro Calahorra Martínez.

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