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jueves, 9 de abril de 2026

VI. Un francés en El Toboso.Boda y nacimientos.

 VI

Boda y nacimientos 

 

A fin de apreciar la verdadera felicidad,

hemos de viajar hacia países muy lejanos,

fuera de nosotros mismos.

Thomas Browne.

 

 

 

  Tenía yo entonces 20 años recién cumplidos, cuando me instalé en el que sería mi nuevo hogar, después de adquirir varias tierras de labranza, de cereales (trigo, cebada, espelta, avena), de legumbres (garbanzos, alubias, lentejas), y de viñedo. Pude entonces empezar a trabajar y organizarme cada día. Diariamente tomaba contacto con las buenas gentes del pueblo, que a veces no me entendían por mi imperfecto español, pero se dice que dos se entienden cuando ambos quieren, y así había sucedido en la compra de la casa y de las fanegas de tierras.

Ahora debo señalar aquí un hecho extraordinariamente importante en mi vida, quizá el más importante: el día en que conocí a la que sería mi esposa y madre de mis hijos, María Jesús Rosado, natural de Pedro Muñoz, pueblo cercano al nuestro. La conocí, como suele suceder muchas veces, de una manera inesperada. Pasaba yo por el edificio donde se habían instalado las escuelas[1] del pueblo, donde ella enseñaba. Ella salía de la escuela y yo pasaba por allí, nos saludamos, y a ella le interesó saber más del curioso acento que yo tenía. Fue así como hablamos por primera vez. 

Aunque ahora es de sobra conocido, tengo que recordar que nuestro siglo XVIII es considerado el siglo de las luces o ilustración, debido al progreso y los descubrimientos científicos. Hemos vivido así el inicio de la secularización educativa, tras una etapa bajo la influencia de franceses e ingleses.

La educación secundaria y universitaria han ido secularizándose progresivamente de la cultura y la enseñanza. Y la educación ha sufrido cambios y las escuelas eclesiásticas han dado paso a una pedagogía de carácter laico y nacional, en un desarrollo ideológico impulsado por la Ilustración Francesa.

Este es el motivo por el que mi futura mujer, maestra, había llegado a El Toboso, gracias a la extensión de la enseñanza a todos los estratos de la sociedad. Siempre he pensado que fue un hecho casi milagroso, por ser ella de otro pueblo, y sus padres también. Su padre, José Andrés Rosado era de Campo de Criptana, cercano también a nuestro pueblo, y su madre, Josefa Serrano, de Tomelloso, algo más lejano, pero con vínculos inmemoriales con El Toboso. Pero no sólo eso, sino que siendo cercanos por su origen, vivían en Toledo capital, al tener profesiones liberales. La realidad es un cúmulo de casualidades que hicieron que nos encontráramos así, fuera de nuestros lugares de origen, pero felices siempre de que el destino se hubiera puesto de nuestra parte.

Me faltó tiempo a mí para escribir una carta a mi familia en Francia y contarles la buena nueva. Estaba seguro que se alegrarían mucho, aunque también deducirían de ello que mi vida iba a fijarse en adelante en esta lejana tierra para ellos.

Tras el tiempo correspondiente de noviazgo, que me a mí me vino muy bien evidentemente para avanzar en mi conocimiento del español, nuestro amor se fue afianzando y decidimos casarnos, algo que hicimos en la iglesia del pueblo, acompañados de la familia de María Jesús y otros amigos, aunque añorando yo a mi familia lejana en un momento tan importante. Otra vida empezaba, aunque todo seguía pareciendo un sueño, bello, pero sueño.  

Pasan los meses, pasa el tiempo, era el 1 de mayo de este año de 1798 cuando nació nuestra primera hija Felipa Juana Manuela Prensa Rosado[2]. María Jesús, mi mujer, había dado a luz en nuestra casa, ayudada por la matrona del pueblo, Brígida. Fue una mañana de emociones, idas y venidas, gritos y susurros, miedos y  esperanza, hasta que se oyó el llanto de Juana, llamada así en honor a mi padre y a otros muchos familiares que a lo largo de los años habían llevado este precioso nombre. Y, espero, que sigan llevándolo en adelante[3].

1798: Nace Felipa Juana Manuela Prensa Rosado

(Hija de Francisco Prensa y María Jesús Rosado) 

1802: Nace Cayetano Fausto Prensa Rosado

(Hijo de Francisco Prensa y María Jesús Rosado) 


Partida de bautismo de Cayetano Julián Prensa Rosado (1801) 

Ya tranquilos por la tarde, tiempo me faltó para enviar a mis padres en Francia un correo comunicándoles la buena nueva. Aproveché así el hecho de que en 1756, siendo rey de España Fernando VI se normalizara felizmente el Correo general de Madrid. Mi familia en Francia tardaría unos días en saber la noticia, pero pronto me contestarían. Así se lo pedía a mis queridos hermanos Françoise, Louise, Jean François y Jeanne Bernarde, a los que echaba mucho de menos en este lejano pueblo manchego.

En 1803 recibí una carta de mi madre, que me llenó de tristeza: había fallecido mi padre el día 17 de noviembre, a los 76 años de edad. Así lo describe su partida de defunción: Jean Leprince ha fallecido el día 17 de noviembre a las 10 de la noche, de profesión cirujano, a los 76 años de edad, nacido en Soueich, departamento de Haute Garonne, donde vivía con su esposa Izabeau Suberville, hijo de Charles Leprince y de Jeanne Françoise Bourlié.

 

Partida de defunción de Jean Leprince 

Dos años más tarde, en 1805, recibía una nueva carta, en este caso muy feliz: mi hermano Jean François se casaba con su novia de siempre Jeanne Bernarde Bouéry[4], de Aspet, donde iban a residir en adelante. Allí nacerían sus hijos y ejercería su profesión como officier de santé, según consta en el listado oficial del 28 de agosto de 1803.

 


Partida de matrimonio de Jean François Leprince 


En este documento aparece la profesión de mi hermano, officier de santé, oficial de sanidad, del que ya he hablado en otro lugar. Continuaba así la profesión de nuestro padre, maestro cirujano.

Y en 1808, nacía otro Prensa en El Toboso, Manuel, haciéndonos inmensamente felices a su madre y a mí, y a toda la familia, de una y otra parte. Como ya he señalado más arriba, nuestro segundo hijo, Cayetano Julián, falleció a los pocos meses de su nacimiento, sumiéndonos en profunda tristeza. Por eso, ya lo he dicho antes, cuando nació el siguiente vástago, no dudamos un momento en ponerle el mismo nombre para perpetuar su recuerdo, si es que hiciere falta… Lo cierto es que en España y en Francia una misma familia, Leprince-Prensa, iba creciendo, y aunque separados por la distancia, con los Pirineos por medio, seguíamos muy unidos en todos los acontecimientos.

Después de tantos años transcurridos, y en el momento en que ahora anoto todos estos recuerdos, los hijos están felizmente casados y ya nos han dado preciosos nietos, de los que disfrutamos siempre que podemos. Nuestro hijo Manuel ha tenido a su vez cuatro hijos, que perpetuarán el apellido: Manuel, José Carlos, Valentina y Domingo.

De todos estos tan importantes acontecimientos he ido informando puntualmente a mis querido padres y hermanos, en Francia, en cartas que siempre han tenido una alegre felicitación y un sentimiento de nostalgia por la distancia tan grande que se interponía entre nosotros.

A lo largo de estos años, desde mi llegada a El Toboso hasta la fecha en la que escribo esta carta, han sucedido muchas cosas que merece la pena recordar aquí, aunque sea brevemente. En 1804, Napoleón, una vez coronado emperador de la República Francesa, es derrotado un año más tarde por la flota británica en la Batalla de Trafalgar.  Sin embargo, Francia sigue derrotando a Austria, Rusia y Prusia e invade España, Portugal e Italia. La invasión de España creó en nosotros una enorme inquietud, por las consecuencias que pudiera tener entre todos los franceses afincados en este hermoso país.

El año en que nació mi hijo Manuel, 1808[5], en el mes de mayo, la invasión francesa al territorio español, y la Guerra de la Independencia, también conocida como la francesada, provocó la imposición, por parte de Napoleón Bonaparte, de un sustituto al rey español Fernando VII, quien tuvo que abdicar, quedando la corona en poder de su hermano José Bonaparte. Por mi parte, después de haber sufrido los movimientos revolucionarios en mi país de origen, movimientos previos a la conocida revolución francesa, no quería en modo alguno volver a vivir la inquietud y los sufrimientos de entonces. A veces me asaltaba la idea de volver a Francia para evitar ser llamado a filas o al ejército, y así no tener que luchar contra mis propios compatriotas. Era una situación complicada, aunque tener una familia tan unida, unos hijos todavía pequeños, una estabilidad social y económica, nos hizo desechar esa idea y tratar de vivir la realidad de la mejor manera posible. Así superamos una nueva adversidad, una más en nuestras vidas.

Cuando se acabó este conflicto bélico[6], de triste memoria para mí, un compatriota mío, Albert Jean-Michel ROCCA, escribió y publicó un libro de memorias sobre este suceso. En cuanto pude, lo compré y lo devoré como pude. Al estar en francés, mi lengua natural, pude conocer todo el conflicto con todo detalle. Quiero citar aquí la parte en la que habla del paso de las tropas francesas por El Toboso:

Nos reunimos en Cuenca a nuestro ejército, y nos acantonamos por algunos días en las inmediaciones de S. Clemente y de Belmonte. Esperábamos nuestra artillería, que con mucha dificultad andaba una ó dos leguas cada día , porque las lluvias habían inutilizado los caminos de tal suerte, que a veces era preciso reunir los tiros de muchos cañones para arrastrar uno solo. Atravesamos en seguida la patria de D. Quixote para ir a Consuegra y a Madridejos. El Toboso se parece perfectamente a la descripción que ha hecho de él Miguel de Cervantes en su inmortal poema de don Quixote de la Mancha. Si este héroe imaginario no fue durante su vida de un gran socorro para las viudas y los huérfanos, al menos su memoria protegió contra los desastres de la guerra la patria supuesta de su Dulcinea

Cuando los franceses veían a las ventanas alguna mujer decían riendo, “aquella es Dulcinea”. Su alegría dio confianza a los habitantes, quienes en lugar de huir como acostumbraban a la primera vista de nuestras vanguardias, se reunieron para vernos pasar: las chanzas sobre Dulcinea y don Quixote fueron un vínculo común entre nuestros soldados y los habitantes del Toboso, y los franceses bien acogidos trataron a los habitantes con dulzura.

Permanecimos más de un mes acantonados en la Mancha. Cuando habitábamos en las casas, y cuando vivaqueábamos en los campos, nuestro género de existencia era siempre el mismo; solo que en lugar de trasladarnos de una casa a otra, dejábamos nuestra hoguera para ir a sentarnos alrededor de la de nuestros compañeros. Allí pasábamos las largas noches en beber y en hablar de los acontecimientos presentes de la guerra o en oír la relación de las campañas pasadas[7].

Todo lo que cuenta en este libro es lo que sucedió, y que yo pude ver y vivir, aunque siempre temeroso por mi doble “cualidad” de francés y español. Como ya he dicho, en ese mismo año, 1808, nació mi hijo Manuel, y por eso teníamos miedo de que las penosas circunstancias de la guerra fueran muy perjudiciales para él. No fue así, pero el miedo estaba muy presente.

Yo mismo tuve ocasión de hablar con algunos de los soldados franceses que merodeaban por el pueblo, y que se extrañaban no poco de que yo viviera allí, tan lejos de mi patria y de mi región. Varios de ellos eran de mi comarca, cerca de Saint Bertrand de Comminges, tan querido por nuestra familia. Les invité a venir a casa, donde les presenté a mi mujer y mis tres hijos, el último, tan pequeño. Y les agasajé con un buen vino de mi cosecha, unas migas con harina de nuestro campo, y un café con miel de las colmenas.

Al despediros les dije que cuando pasaran por Aspet, saludaran a mi hermano Jean François, que era el médico de la zona. Y si cruzaban por Soueich hicieran lo mismo con mis padres y hermanas, Todos ellos estaban deseosos de que el conflicto armado acabara pronto para poder volver a su país y retomar su vida allí, donde habían dejado a sus padres, mujeres e hijos.  

Hay además algunos importantes acontecimientos en este primer tercio del siglo XIX que merece la pena reseñar, porque facilitaron la comunicación entre las personas y familias, y amigos. En el año 1807, el estadounidense Robert Fulton construyó el primer barco de vapor comercialmente operativo, conocido como «North River Steamboat». Unos años más tarde, en 1825 se inauguró el primer ferrocarril. Esto fue algo que nos llenó de ilusión a las personas que, como yo, vivían lejos de su familia, pues permitiría la comunicación. Desde entonces hasta hoy, en 1850, este medio de transporte se ha ido expandiendo por todo el mundo, pero no tanto como para facilitar los viajes en gran medida[8], y permitirnos asiduos viajes con nuestra familia, como nos hubiera gustado.

Hay además otro descubrimiento importante que tiene que ver directamente con la profesión de maestro cirujano de mi padre: el 8 de noviembre de 1847, el doctor Simpson realizó por primera vez en el hospital de Edimburgo una intervención quirúrgica bajo los efectos anestésicos del cloroformo. A partir del momento en que se demostró que la inhalación de cloroformo permitía controlar mejor que el éter el estado de consciencia y el dolor, Simpson supo que había encontrado un anestésico eficaz. 

Aunque podría seguir narrando más y más cosas, voy a cerrar ya este recorrido por los hechos más importantes de mi vida. La vista se cansa, la mano flaquea de tanto escribir, y aquello que yo deseaba transmitir a los míos ya está dicho. Quizá lo contado hasta aquí sirva en algún momento para conocerme mejor, aunque queden pasajes más difuminados que puedan ser objeto de estudio en el futuro por mis sucesores. Lo cierto es que la vida fluye, la vida sigue y nos va arrastrando consigo hasta hacernos formar parte del inmenso océano del pasado, el presente y el futuro.

Pero en un anejo al final de este escrito, si la salud me lo permite, mencionaré también a nuestros hermanos y sobrinos franceses, para que quede constancia por si algún sucesor nuestro quisiera algún día ordenar y escribir toda la historia de nuestra familia franco-española.

Y puesto que el destino me trajo a esta bendita tierra de El Toboso, no es mala idea recordar ahora, en esta temporal despedida, a mi admirado y muchas veces leído Cervantes cuando dice:

 

Luchamos contras tres gigantes,

amigo Sancho:

la injusticia, la ignorancia y el miedo.


 





[1] Es muy interesante acceder a las publicaciones de un magnífico historiador toboseño, Luis Gómez, para conocer muchos detalles de esta noble villa en la época en la que François llega desde Francia. En concreto, la importancia cultural del convento de los agustinos, con su magnífica biblioteca:   https://eltobosohistoria.blogspot.com/2013/12/el-convento-de-agustinos-de-el-toboso.html

 [2] Todos los datos de la familia -hijos y nietos- están tomados de los libros parroquiales donde se detallan sus bautizos.

[3] Entre los familiares Prensas –tíos, primos, y otros- este nombre se repite una y otra vez: Juan de Dios, Juan de Mata, Juan de la Cruz, Juan Bautista, Juan Tomás.

[4] Jeanne Bernarde Bouéry era de una familia muy conocida en la villa desde el siglo XV, según consta en las actas notariales y los registros.

Después de la boda fue nombrado alcalde de Aspet su tío Jean Louis Bouery , capitán retirado, a quien se le otorgó la Legión de Honor. Un hijo suyo, André Bouery era poeta y músico, tras recibir una extraordinaria formación musica. Compuso gran cantidad de obras y publicó además parte de sus poesías. Por su importancia, en septiembre del año 1912 se inauguró en Aspet un monumento en su honor. Y en la actualidad lleva su nombre una calle de Aspet. Véase Jules Dupin: Célébrités personnalités marquantes et personnes pittoresques du canton d'Aspet. Published by Imprimerie Saint-Joseph Tarbes, 1973.

[5] Memoires sur la Guerre des Français en Espagne. Albert Jean Michel Rocca.

[6] La guerra de la independencia tuvo lugar entre 1808 y 1813. En diciembre de 1813 se firma el que se conoce como Tratado de Valençay, entre Napoleón y Fernando VII. Será el primer paso para la restauración de la dinastía borbónica en el trono español.

[7] Albert Jean-Michel ROCCA. Mémoires sur la guerre des français en Espagne. H. Nicolle • Gide fils|Paris 1814.

[8] El 28 de octubre de 1848 tuvo lugar la inauguración de la primera línea ferroviaria en la península entre Barcelona y Mataró. La locomotora que inauguró la primera línea del ferrocarril de la Península recorrió 30 kilómetros, de Barcelona a Mataró.

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