La vida
No te quejes de que los hombres sufran./
No te quejes, al despertar, de que todos los hombres sufran,/
de que el dolor del mundo esté en la tierra,
en las palmas de las manos/
mientras las plumas suaves vuelan libres, lejanas./
No te quejes, amorosa existencia, del dolor de vivir,/
de saber que en lo oscuro una cadena no duerme/
de presentir cuánto cuesta no confundir/
un beso y un coágulo./
Tú, generosa presencia de un sol que existe,/
que repasa cuidadoso los desnudos gastados,
tú, única verdad que no cuesta sangre,
Tú, agua que canta difícilmente con las cascadas,/
espuma o collar para los muertos que flotan,
para los hombres que descansan de una/ vida posible/
como son posibles las llamas o las manos crueles./
Tú, diminuto grano, semilla generosa,
cerrazón/ de un destino,/
única verdad que los hombres no ocultan;/
tú, vocación de un pájaro, de un verdugo inocente/
que a su vez va a morir en las plumas de un lecho/
Tú, monte, tú mar,/ tú, encendida o derramada,/
tú, naturaleza donde los vestidos sin cuerpos/
quedan abandonados junto a un mar sin/ orillas./
¡Oh muerte, muerte!/ Paloma o temblorosa doncella,
virgen/ verdadera;/ tú, ciega que aquí en los brazos tiemblas,/
tú, que al beso que retorna de un mundo vil o/
extinto sabes tender tus plumas como brazos./
¡Tú, luz o sombra, esperanza o venganza;/
tú, mar que bajo un cantil nos contempla:/
tú, fiel oído que escucha unas palabras/
con que al abyecto mundo lo maldigo!
(Vicente Aleixandre)
