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martes, 18 de abril de 2000

La Abadía Cisterciense de Santa María la Real de la Oliva (Navarra).

L'homme est la perfection de l'Univers, 
l'esprit est la perfection de l'homme, 
l'amour est la perfection de l'esprit, 
et la charité est la perfection de l'amour.
(Saint François de Sales)

La Abadía de Santa María la Real de la Oliva (Navarra)



    La Abadía de Santa María la Real de la Oliva es un monasterio situado en la localidad navarra de Carcastillo (España), al norte de las Bardenas Reales, de las cuales es congozante. Fue fundada en el año 1145 por el rey navarro García Ramírez llamado el Restaurador. Destaca su construcción románica, siendo uno de los edificios más relevantes del románico navarro.
    La Oliva, importante muestra de arte cisterciense, es un conjunto monumental fundado en el siglo XII. Obtuvo el favor y apoyo del Papado, la nobleza y monarquía navarra y logró, a mitad del siglo XII, ser uno de los monasterios más poderosos de Navarra gracias a sus tierras y extensa biblioteca.
    Más adelante los problemas políticos y la desamortización de 1835 sumió al monasterio en la ruina y el abandono. Hasta 1927 no volvió a ser habitado y reconstruido.

            La majestuosa fachada principal abre las puertas a un lugar mágico. La iglesia de Santa María, con una parte gótica y otra románica, fue sufragada por Sancho VI el Sabio y su hijo Sancho VII el Fuerte. Fue construida en piedra sillar entre los siglos XII y XIII. Consta de tres naves. La austeridad cisterciense se aprecia en la sencilla decoración del templo, que apenas se ciñe a motivos vegetales, animales y fantásticos y algunas claves en las bóvedas. Cuenta con una sala capitular que integraba el primitivo claustro del siglo XII, preciosa expresión de obra protogótica, y un hermoso claustro gótico del siglo XIV.

    El movimiento monástico Cisterciense nace en Francia a comienzos del siglo XI (1098), cuando un grupo de monjes del monasterio Cluniacense de Molesmes, abandona su comunidad para formar una nueva, en la localidad de Citeaux (Cister). Al frente de ellos, el abad Roberto pretende restaurar la Regla de San Benito de Nursia, que en el año 545 había dado origen a los Benedictinos. La nueva orden abandona todo signo externo de riqueza y viven del trabajo de sus manos, "ora et labora". El abad Roberto es obligado por el Papa a regresar a su comunidad, y será su sucesor, Alberico, el que consiga el reconocimiento de la orden por el Papa Pascual II. Por último, el tercer abad, Esteban Harding, promulga la Carta de Caridad que recoge las normas por las que se regirán todas las comunidades de la orden, y funda las comunidades de La Ferté, Pontigny, Morimond y Claraval que serán las casas madre del resto de los cenobios cistercienses posteriores.
    En 1113 comienza la expansión de la orden en Francia. Será Bernardo de Claraval, sucesor de Esteban, quien favorezca la expansión de la orden, primero en Francia y posteriormente en el resto de Europa. A la muerte de Bernardo, en 1153, prosigue la expansión de la orden aunque con menos intensidad, pasando de trescientas cincuenta abadías a alrededor de seiscientas cincuenta en 1250. La orden refuerza su presencia fuera de Francia, en países, como Inglaterra, Alemania, Italia y la península Ibérica, Grecia y Oriente Medio. El vigor inicial de Claraval es sustituido por Morimond, y Citeaux esperará hasta la segunda mitad del siglo XIII para crear nuevas abadías como Royaumont o L'Épau. A partir de 1200, se añade la proliferación de casas femeninas, con la creación de numerosas filiales de Tart y Las Huelgas, llegando a contar con más de cuatrocientas abadías a finales del siglo XIII.

Organización del monasterio
Todos los monasterios cistercienses se organizan de manera muy similar: todos viven bajo la obediencia de un abad, que es el encargado de ordenar la vida de la comunidad; es elegido por los monjes y será el que represente a la comunidad en las reuniones generales de la orden (capítulo general). Está auxiliado por el prior, que es nombrado por el abad, y es el primero (prior) de los monjes. El ecónomo, es el encargado de llevar las cuentas de la abadía. El cillerero, es el responsable del almacén de alimentos (cilla). El sacristán es el encargado de la realización de las actividades del culto y el que llama a la oración. El hospedero, adjunto al cillerero, es el encargado de acoger y atender a los huéspedes. Durante los rezos del día el chantre dirigirá el coro de los monjes y dirigirá las procesiones, y en caso de no existir bibliotecario, se encargará de la custodia de los libros. El portero es el que guarda la entrada de la abadía. Completará la plantilla el enfermero encargado de la atención a los enfermos y de elaborar las fórmulas con las plantas medicinales.

Los monjes
    La vida del monje del Cister se basa en el retiro y la pobreza para llegar, a través de la oración, a la comunión con Dios. Las abadías cistercienses se ponen bajo la advocación de la Virgen, a la que profesan una devoción especial. La comunidad monástica vive en régimen de autarquía, fuera de las costumbres y modas de la época, rechazando los beneficios eclesiásticos, aunque con el paso del tiempo, los abades del Císter llegaron a tener una gran influencia dentro de la iglesia, incluso llegando alguno de ellos al papado (Eugenio III). El propio Bernardo de Claraval tuvo una gran influencia en su época, llegando a ser llamado por el Papa para predicar la segunda cruzada. La entrada en el monasterio se produce como novicio, que es iniciado en el aprendizaje por algún monje anciano, conviviendo juntos dentro del monasterio los monjes y los novicios, excepto en las reuniones del capítulo, cuando los monjes entran en la sala capitular y toman asiento en torno al abad. Al término del noviciado, delante del abad y la comunidad, pronuncia solemnemente los votos de estabilidad, obediencia y conversión de costumbres, tras lo que se convierte en monje profeso. Tendrá como única vestimenta una túnica de color crudo, que es la que dará a los cistercienses el sobrenombre de "monjes blancos". Estará sometido a la regla de San Benito y vivirá en soledad dentro de una vida cenobítica. La jornada estará marcada por el oficio divino, y el resto del tiempo lo dedica a la oración, la lectio divina y al trabajo manual.

    Tras el Concilio Vaticano II el Cister ha sufrido una profunda renovación en sus formas, aunque en su esencia permanece en los mismos ideales: soledad, oración, trabajo.

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