Hablar de estética musical en el Medievo cristiano es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». Y porque la belleza de una obra musical reside en su forma, recorreremos los elementos que la identifican. Es, por tanto, un estudio filosófico-estético-poético, que trata de descubrir las manifestaciones humanas contenidas en este repertorio: La música no es otra cosa que la expresión alegre o dolorida de los sentimientos humanos, porque en ella, igual que en el alma humana, todo tiene cabida.

Palabras clave: Música litúrgica, Humana, Bella, Expresiva, Emocionada.
Es harto conocido que la música medieval ha sido objeto de especulación por parte de maestros de la época, que vertieron al papel sus lucidas lucubraciones filosófico-estéticas en magníficos tratados: Boecio, Hermannus Contractus, Alcuino, San Agustín, Aureliano de Reomé, Remigio de Auxerre, Hucbaldo de St. Amand, Odón de Cluny, Reginon de Prüm... De ellos y de su doctrina ha hecho una magistral exposición Fubini, qui en se apresura a decir: Tanto es así que, si se echa una ojeada a las decenas de tratados sobre música escritos desde el Renacimiento carolingio en adelante, no puede uno sustraerse a la sensación de aburrimiento que genera la aparente uniformidad existente en los temas tratados, en las definiciones casi idénticas que calcan los unos de los otros, en los problemas que someten a debate y en las soluciones que ofrecen, cristalizadas siempre, al parecer, en los mismos esquemas. Cierta es, a nuestro juicio, esta grave aseveración, como lo es también el juicio que emite a continuación, al estudiar al teórico Juan de Garlandia: Es evidente que, durante el siglo XIV, comienzan a hacer sus primeras apariciones, aunque sea tímidamente, conceptualizaciones acerca de la belleza de la música en tanto que hecho autónomo, belleza que encuentra su única justificación en sí misma: en la belleza pura que los sonidos emiten.

Si comenzamos estas reflexiones citando al maestro Fubini es precisamente porque no que- remos provocar el mismo tedio de que habla, en el convencimiento de que este sentimiento es lo más lejano a una reflexión sobre lo bello, al placer provocado por una obra musical. Por ello queremos situar, desde el principio, por donde va a discurrir nuestra especulación -mejor, nuestra contemplación- del hecho musical del Medievo cristiano. Porque hablar de estética musical en esta época es hablar de las condiciones de lo bello en las formas musicales litúrgicas y, en definitiva, de la estética en una música que, con el tiempo, llegaría a denominarse «canto gregoriano». En efecto, una obra de arte puede escrutarse desde distintos puntos de vista. En las obras musicales podríamos estudiar las formas, tratar de determinar su belleza, su perfección o sus defectos; o tratar de descubrir en ellas la expresión de determinadas ideas, la descripción de los sentimientos o pasiones; o la influencia que la música produce, o las emociones que provoca. Todo ello y mucho más es la honda reflexión estética que vamos a abordar.
Ante esta tarea se nos presentan muchos interrogantes: ¿dónde reside la belleza de una obra musical?. Cuáles son los caracteres que la hacen bella? ¿Qué sentimientos o pasiones despierta? ¿Es acaso su forma lo que nos conmueve, o es más bien el mensaje que late en ella? ¿Puede trascender una obra medieval a su tiempo y hacernos conmover hoy, por ejemplo, igual que en el siglo V?
Decía Santo Tomás de Aquino que «la belleza incluye tres condiciones: integridad o perfección (integritas sive perfectio), ya que aquello que está dañado es por eso mismo feo; proporción adecuada o armonía (debita proportio sive consonantia)…
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