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miércoles, 4 de octubre de 2000

Una nave abandonada a su suerte en el inmenso océano del dolor.

Horas serenas del ocaso breve, 

cuando la mar se abraza con el cielo 

y se despierta el inmortal anhelo
que al fundirse la lumbre, lumbre bebe.

(Miguel Unamuno)

            


    Porque el temor que me espantaba me ha venido, y me ha acontecido lo que temía (Job). Periódicamente, con la regularidad de un reloj bien ajustado, el horror de la nada, en forma de dolor, se instala junto a mí, tratando de devorarlo todo, sin compasión, sin tregua, sin respiro. Llega de nuevo el momento de decir: ¡no puedo más! ¡basta ya, Señor! 

            No reprimiré mi boca; hablaré en la angustia de mi espíritu, Y me quejaré con la amargura de mi alma (Job). Lo único que sale de lo más profundo de mi ser es un reproche a quien todo lo puede:

 

Señor, no me corrijas con ira,

no me castigues con cólera.

Misericordia, Señor, que desfallezco;

cura, Señor, mis huesos dislocados (Salmo 6).

 

            Por mucho que me he esforzado, a lo largo de los años, por hacerme amigo de este insoportable dolor, jamás me ha dejado. Siempre ha rechazado con desprecio la mano que yo le tendía, deseoso siempre de conquistarlo y así hacer más llevadero el camino. Está mi alma aburrida de mi vida: daré yo suelta a mi queja sobre mí, hablaré con amargura de mi alma (Job). Y no me queda más remedio que acudir de nuevo a Él, para reprocharle con insolencia:

 

Tengo el alma en delirio,

y tú, Señor, ¿hasta cuándo?

Vuélvete, Señor, liberta mi alma,

sálvame por tu misericordia (Salmo 6).


 

            Una vez más, otra vez, el dolor ha venido a sentarse a mi lado, como el peor de mis enemigos, en esa nave que recorre un inmenso océano, sacudido por las tempestades  más espantosas. No importa que me acurruque, que me tumbe, que me levante, que me suba a lo alto del mástil para gritar mi sufrimiento, el dolor sigue ahí, impasible, como una máscara horrible del más espantoso carnaval. Es como si se regodeara al verme impotente, cada vez más frágil, cada vez más vulnerable, cada vez menos persona. ¿Te parece bien que oprimas, que deseches la obra de tus manos, y que resplandezcas sobre el consejo de los impíos? Tus manos me formaron y me compusieron todo en contorno: ¿y así me deshaces? (Job).

 

Y yo, impotente, le grito una vez más:

Porque en el reino de la muerte nadie te invoca,

y en el abismo, ¿quién te alabará?

Estoy agotado de gemir:

de noche lloro sobre el lecho,

riego mi cama con lágrimas.

Mis ojos se consumen irritados,

envejecen por tantas contradicciones (Salmo 6).

 

            Sólo ansío llegar a buen puerto, dejar a ese odiado dolor en el barco, que vuelva al impetuoso océano y lo devore para siempre la galerna más espantosa. Entonces yo podré gritar:

 

Apartaos de mí, los malvados,

porque el Señor ha escuchado mis sollozos;

el Señor ha escuchado mi súplica,

el Señor ha aceptado mi oración.

Que la vergüenza abrume a mis enemigos,

que avergonzados huyan al momento (Salmo 6).

 

            Entonces, con Job diré á Dios: no me condenes; hazme entender por qué pleiteas conmigo. Sólo suplico esto: ¿es mucho pedir tratar de entender el por qué?



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