DEL CANTO GREGORIANO A LA POLIFONÍA
I. EN EL PRINCIPIO ERA LA MONODIA
De la gran importancia del Canto Gregoriano y sus secuelas, a lo largo de los años y de los siglos, hemos ido dando cuenta en Jornadas anteriores, y también en los Seminarios celebrados a lo largo de los últimos años. Y que este inmenso y magnífico repertorio es como un río de enorme caudal que baña, riega y hace fructífero cuanto toca –como un Nilo occidental– es algo fuera de toda duda, así reconocido por los estudiosos de todos los tiempos y por los músicos no sólo sacros, sino también profanos.
Un musicólogo francés hacía una magnífica descripción del mismo al afirmar: El Canto Gregoriano es, a la vez, un repertorio que forma parte de las grandes categorías de objetos de que se compone la enciclopedia musical del hombre occidental, y un hecho histórico considerable, que sin duda ha condicionado, en los albores de la Edad Media, los componentes esenciales de las conductas de escucha, de los intereses musicales, de los principios formales de construcción, de las elecciones e inhibiciones por las que se define durante más de un milenio la disciplina música del extremo Oeste de Europa .
O con otras palabras, en este caso del eminente musicólogo y gregorianista Ismael Fernández de la Cuesta –precisamente en las I Jornadas–: La presencia del Gregoriano en el discurrir de la historia de la música ha sido tan importante que, sin ella, ésta se hubiera desarrollado muy de otra manera.
Es ocioso insistir en algo que todos los presentes conocen y comparten, en mayor o medida. Pero si lo traemos a colación, hoy y aquí, es para señalar que no sólo el repertorio creció, para alimentar y embellecer las acciones litúrgicas de la iglesia de Occidente, con el mundo de los tropos, las secuencias y las prosas; con la proliferación de los versus, conductus y planctus; y con la magnífica aparición del drama litúrgico .
En realidad, todas estas nuevas formas vienen a “completar” el repertorio más antiguo, el que nace antes del siglo VIII, para enriquecer algo que, de por sí, estaba sobrado de belleza y emoción: antífonas, himnos, responsorios, graduales, antífonas de ofertorio, de introito y de comunión, Kyrie, Gloria, Sanctus, Agnus Dei.
Pero hoy no hemos venido a hablar de esto, porque ya se hizo también en años anteriores, sino de un avance más en la historia del Canto Gregoriano, o, quizá mejor, en la historia de la música occidental a partir de dicho canto. Lo que a mí me gustaría es tratar de mostrar cómo el fondo musical gregoriano ha servido –y sirve– para conformar otras formas de música, otros modos de expresar sentimientos y sensaciones con los elementos ya existentes.

II. Y APARECIERON OTRAS VOCES
Pero vayamos a lo concreto y, preguntémonos:
¿Qué ha sucedido entre estas dos versiones de una misma obra, el introito de la misa de difuntos? La primera versión es monódica; la segunda, con coro, órgano y orquesta .
Entre una obra y otra han pasado bastantes siglos, y, sin embargo, a través de la última versión escuchada percibimos el mismo hálito, la misma línea musical, la misma emoción: pero expresada de manera distinta. Lo que ha sucedido es tan largo de explicar que ni todas las Jornadas posibles serían capaces de expresarlo, porque es justamente el hilo conductor de la historia de la música occidental.
Lo que sí sabemos es que la creatividad de los chantres y de los músicos de los siglos IX-X (y en adelante) hace que surjan nuevas necesidades, y de ellas, nuevos usos musicales:
– unas veces, con el afán de dar un brillo mayor y, en cualquier caso, distinto a una fiesta;
– otras, por la propia vanidad de los intérpretes.
Esto, unido a otros componentes más complejos, va a provocar la aparición en Occidente de una nueva forma de cantar: no a una sola voz, como hasta ahora era lo normal y más corriente, sino añadir otra, doblándola, y haciendo así una música que camine en vertical y no en horizontal, como hasta el momento.
En la extensa época en que los estudiosos sitúan, por lo general, las primeras manifestaciones polifónicas, encontramos algunos personajes, algunas noticias que nos informan de la capacidad creativa de las gentes de la época. Entre ellas, por ejemplo:
– Tutilo, monje de san Galo, compone tropos.
– Notkero Balbulus, del mismo monasterio, escribe secuencias y una carta acerca de problemas musicales
– Aparece el tropario-prosario de San Marcial de Limoges.
– Ve la luz el Beatus de san Millán de la Cogolla.
– Bernon de Reicheneau, abad, compone un tratado sobre el monocordio.
– Guido de Arezzo escribe el Micrologus.
– Wipo, capellán de los emperadores germánicos, compone la secuencia Victimae Paschali Laudes.
– Y más y más y más.
Y si hablamos de instituciones y no de personas, imaginemos, entre otros, el monasterio de San Richiero, administrado por el abad laico Angilberto, con una población fija de 7.000 personas: 300 monjes, 100 escolares, 110 soldados y numerosas familias. Cada día, más de 400 pobres llamaban a la puerta del monasterio. Es fácil imaginar la magnitud de las instalaciones: 3 grandes iglesias estaban situadas en los puntos centrales de esta ciudad, además de 5 capillas menores. Los monjes se dedicaban a la oración solemne, al canto litúrgico y a las procesiones, además de adiestrar a los jóvenes discípulos en el arte de la música y en otros.
Y un último ejemplo más –un poco más tarde–, el monasterio de Cluny, donde más de 300 monjes organizaban su vida, junto a los otros cientos de servidores que atendían sus necesidades materiales, para que los clérigos pudieran cuidar de la dignidad de la liturgia y de su canto. Uno de sus preclaros abades, Odón, fue asimismo compositor y teórico.
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