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domingo, 12 de abril de 2026

III. Un francés en El Toboso.Infancia.

 III

Infancia

 

 

 

Cuando se dedica mucho tiempo a viajar,

se llega a ser un extranjero en el propio país.

René Descartes.

 

 

 

Tenemos ahora que remontarnos muy atrás, a la época de mi infancia y adolescencia en Soueich.

Mi padre Jean Le Prince había nacido el 1 de agosto de 1734, en la casa familiar.

 

Mi tío Jean Baptiste nació en 1727.

 

Mi tía Jeanne Marie, en 1729.


 y mi tía Jeanne en 1732.


 

. Mi padre, que nació en 1735, también recibió el mismo nombre de Jean, preguntándome yo siempre el por qué de esa especial predilección por el nombre de Jean, pues tanto mis tíos como mi padre lo llevaban. Más tarde supe que se trataba de la advocación de Juan Bautista, y no Juan de la Cruz, como pensaban mucho después en El Toboso.

En la familia nos contaron más de una vez la fiesta tan grande que se celebró cuando se casaron mis padres en 1768.

 


Partida de Matrimonio de Jean Le Prince e Izabeau Soberville

[Jean le Prince e Izabeau Soberville de la villa de Aspet… han recibido la bendición nupcial en nuestra iglesia el 9 de febrero de 1768… y han firmado con nosotros Dancausse, Maubé, Le Prince…pero no los demás testigos porque no saben escribir].

 

Y luego cuando fuimos naciendo nosotros, sus hijos: Françoise, en 1768.


  En la parte inferior derecha aparece la elegante forma de nuestro abuelo Charles Leprince.

 

Luego, en 1770 nació mi hermana Louise.

 

En 1772 es mi hermano Jean François quien nace.

 

Y en 1777 nazco yo, François, Francisco en España.

             

              En 1779 nace mi hermana Jeanne.


              En 1782 nace mi hermana Jeanne Bernarde.


Todo era motivo de alegría y de celebración.

 

Como ya he dicho, vivíamos nosotros en Soueich, pueblecito de la Haute Garonne, en una casa con jardín, desde donde se divisaba el pico Aspet, de 1200 metros de altitud, en invierno casi siempre nevado, de una belleza impresionante.

Tengo que decir con tristeza que no conocí personalmente a mis abuelos, porque la abuela Françoise falleció antes de que yo naciera, el día 28 de mayo de 1766, y el abuelo Charles falleció, a los 83 años, el 29 de noviembre de 1977, el año que nací yo. Todo lo que sé de ellos se debe a lo que me contaban mi padre y mis tíos.

La finca donde vivían mis abuelos estaba fuera del pueblo; era un señorío llamado Le Prince, que constaba de varias y nobles edificaciones, herencias de nuestros antepasados. Mi abuelo era muy querido en la región, y también muy temido, pues como señor que era podía administrar justicia y dictar sentencias. Yo desde muy niño siempre lo había oído así, aunque no sabía muy bien lo que quería decir. Más adelante lo sabría bien.

 

Pico de Aspet

 

  Los Leprince eran muy respetados porque el señorío de mi abuelo, que debería heredar luego mi padre, procedía de muy antiguo, y estaba emparentado y muy vinculado a la baronía de Aspet, de donde procedía mi querida madre. En realidad Soueich era una especie de extensión de Aspet, muy cercanas ambas y muy unidas en su quehacer.

Mi padre nos contaba que cuando llegaba a la casa y le hacían pasar a la sala, donde siempre encontraba a la abuela sentada en su gran sillón al lado de la chimenea leyendo o haciendo algún tipo de frivolité. Decía que no podía parar, siempre tenía que estar haciendo algo. Mandaba entonces llamar al abuelo, que se encontraba en la gran biblioteca, sentado en su magnífico escritorio, y siempre con papeles entre las manos, de tantos asuntos que debía solucionar. Cuando entraba en la sala siempre se dirigía a mi padre primero, le besaba y tras pasar su mano por detrás de su oreja la sacaba hacia delante diciendo:

- Jean, ¿qué tienes aquí? Y sacaba entonces un bombón, un caramelo, unas avellanas o cualquier otra cosa que siempre preparaba para él. Era el mejor momento del día. A mí me contaron muchas veces que  el abuelo y mi padre se ponían a hablar de negocios, de las tierras, de los empleados, de tantas cosas que a mí, pequeño como era, seguramente me hubieran cansado y aburrído. Solíamos tomar un chocolate con algún dulce hecho en casa.

La casa tenía una biblioteca, donde yo de niño repasaba una y mil veces las estanterías en busca de algo que llamara mi atención. En esta biblioteca había yo aprendido, lo mismo que mi padre, a leer y escribir, imitando todo lo que podía la preciosa y artística firma del abuelo, que hacía siempre en cada pleito o negocio de Soueich. El hecho de firmar me hacía ser un poco la admiración de muchos niños del pueblo, que no sabían hacerlo y además tenían que trabajar en cualquier cosa desde muy pequeños.

 

Plaza de la villa de Aspet

 

   

En esta sala también había empezado a leer con pasión muchos libros propios de mi edad, que algunos envidiaban porque no era muy habitual disponer de tal cantidad de libros. Y en esta biblioteca estaba, en el centro, el precioso clavecín de la abuela, que tocaba siempre que se lo pedían, y era muchas veces.

Cierto día se posó mi mirada en el lomo de un libro que hablaba del siglo de oro de España, de Michèle Escamilla[1]. Me sorprendió lo del siglo de oro, porque el oro para mí se refería siempre a las joyas o los objetos preciosos, pero nunca a los escritos y los libros.

Cuando lo abrí, me llamaron la atención sus preciosas ilustraciones, que me recordaban los grabados que llenaban las paredes de la casa de los abuelos y la nuestra propia. Y mi imaginación se desbocó al ver, en una de ellas, un caballero montando su caballo, con casco y lanza, acompañado de un grueso paje sobre un pequeño burro. ¿Qué era aquello? ¿Quiénes eran estos personajes? Más adelante sabría que se trataba de L'ingénieux hidalgo Don Quichotte de la Mancha[2]. No sabía yo entonces cuánto podría cambiarme la vida su lectura, lo que en este libro se decía y todos los libros al respecto que leí a partir de ese momento.

 


Estaba yo un día empezando a hojear el libro cuando me llamó mi padre, diciendo que me apresurara, pues le habían avisado de que tenía una urgencia. Claro, era el médico cirujano de la población y casi del cantón, y acudían a él para todo. Reconozco que no siempre me gustaba, porque tenía que dejar lo que estuviera haciendo para volver con él a casa. Pero era lo que había. En esta ocasión se trataba de una cuestión menor, pues uno de sus empleados se había caído de la carreta que transportaba el heno, y se había roto el tobillo. Eso es lo que decía, entre gritos de dolor. Volvimos a casa, y mi padre a su trabajo de sanar heridas físicas y mentales.

Nuestra casa estaba cerca de la casa de los abuelos, y por mi padre y mis tíos solíamos ir con frecuencia a verlos, además de que su biblioteca era el lugar donde mis tíos y nosotros, sus nietos, habíamos aprendido a leer y escribir. Era para nosotros una especie de aula o escuela, la mejor que hubiéramos podido soñar. A nosotros se nos unían normalmente los hijos de los empleados de la casa, del señorío, a los que trataba con suma educación y delicadeza.

Algunos días de la semana, el abate de la villa nos enseñaba lengua, gramática, aritmética, caligrafía, arte, rudimentos de latín y música. Pero decía mi padre que la materia de historia quería siempre enseñarla el abuelo mientras vivía, y luego él mismo, porque decía que si no se conocen bien las propias raíces, hay peligro de repetir los errores del pasado. Por eso quería ser él quien nos transmitiera los conocimientos necesarios acerca de la historia general, también la de nuestro país, Francia, que él iba mezclando con nociones de geografía para entender bien cómo y dónde se habían producido los hechos estudiados.

Gramática de la lengua francesa

 

Según nos contaba mi padre, el problema con el abuelo era que no siempre podía, pues tenía muchos asuntos diarios que atender, y ellos esperaban su llegada en la biblioteca, lo que les permitía curiosear tantos libros, y aprender otras muchas cosas. Tenía el abuelo, según parece, una pedagogía muy llamativa, porque siempre empezaba las sesiones pidiendo que le hicieran preguntas. A partir de estas, él llevaba las aguas a su molino.

Fallecidos ya los abuelos, en un momento determinado se instaló en Soueich una familia procedente de España, en busca de trabajo y una vida mejor. Tenían tres hijos, dos niños y una niña. Procedían de un pueblecito de Viella, en España, a unas 18 leguas de Soueich[3]. Aunque la lengua más habitual allí es el catalán, hablaban el español con nosotros, lo que nos permitía familiarizarnos con esa lengua, cercana geográficamente y no muy desconocida por la proximidad entre las dos regiones.

 

Historia de Francia (1775)

 

Como fue mi padre quien le contrató en su finca, propuso a sus padres que vinieran sus hijos a las clases con nosotros. Le pareció en principio fuera de lugar por la diferencia de clase que había, pero accedió gustosamente a la generosa propuesta. Y así empezaron a venir con nosotros, lo que nos permitió escuchar la lengua española, y, como si fuera un juego, chapurrearlo. No sabía yo entonces qué bien me vendría esa mera iniciación en el español cuando decidí cruzar la frontera y adentrarme en España, hasta mi instalación en El Toboso. Mi padre repitió más de una vez que parecía «providencial» este hecho, aunque todavía quedaban muchos años para hacer realidad el sueño.

Los años pasaban veloces, mis hermanas se fueron casando, y yo fui teniendo más deberes y obligaciones en la casa. Al cumplir los 18 años me encargaron de la supervisión de los gañanes, que tenían una casa dentro del señorío, junto a los animales del trabajo en la finca. Yo tenía que enseñarles cómo desempeñar bien su trabajo, cumplir los horarios, y vigilar que todas las tareas se realizaran debidamente. Yo tenía además un espacio dentro de esa casa, sobre todo para que no hubiera problemas durante la noche, por cuestión de robos u otros hechos, cosa que no era infrecuente en ese tiempo.

Organizaba  bien las tareas de la labranza, aunque eran los gañanes los que la realizaban. Y atendía también a los empleados pastores que se encargaban de los animales de la casa: ovejas, vacas, cerdos, gallinas, conejos, faisanes… Acompañaba también a mi padre a los pleitos que surgían con frecuencia, y hacía de «secretario» fiel que tomaba nota y levantaba acta de cuanto sucedía y de lo que se decidía al respecto.

Por otro lado, al igual que mi hermano Jean François tenía también que hacer de ayudante enfermero con mi padre, que, como ya he dicho, era médico cirujano. Su trabajo era muy valioso y valorado por todos, porque tenía que atender cualquier problema médico que hubiera en el pueblo, excepto los partos normales, que los atendía tradicionalmente una matrona.

 Atendía roturas de brazos, piernas, golpes varios, mordeduras de animales, envenenamientos, cortes… y además, siguiendo la tradición anterior de los barberos cirujanos, sacaba muelas, curaba dolores dentales… Mi papel era simplemente de un acompañante que le llevaba el maletín con los remedios más usuales. Sin embargo, tengo que decir algo que nos enorgullecía mucho a todos: a diferencia de los cirujanos barberos que había hasta no hace mucho tiempo, mi padre había estudiado en París, en la Academia Real de Cirugía, que en 1775 inauguró un nuevo edificio proyectado por el propio arquitecto del Rey.

 

[François Le Prince… médico cirujano]

 

Como cirujanos, nuestro logro es que nuestros pacientes se recuperen por completo y se olviden para siempre de nosotros. Tras una operación, todos se sienten enormemente agradecidos, pero si esa gratitud persiste suele significar que el problema subyacente no ha quedado curado y temen que puedan necesitarnos en el futuro. Es como si sintieran que deben aplacarnos, como si fuéramos dioses airados, o al menos agentes de un destino impredecible. Nos traen regalos y nos envían tarjetas. Nos tildan de héroes y a veces de dioses. Sin embargo, nuestro mayor éxito consiste en que los pacientes regresen a sus hogares y continúen con sus vidas, y en que no necesiten volver a vernos jamás. Se sienten agradecidos, sin duda, pero también contentos de dejar atrás al cirujano y el horror de sus enfermedades. Quizá nunca lleguen a comprender hasta qué punto era peligrosa la operación y la suerte que tuvieron de que todo saliera tan bien. El cirujano, entretanto, ha conocido el cielo tras haberse asomado a las puertas del infierno[4].

 

Partida de bautismo de François Leprince

 

Ante las frecuentes e insistentes preguntas acerca de mis planes futuros, siempre contestaba que yo aborrecía los movimientos revolucionarios que se iban produciendo en nuestro país, y que deseaba para mí, y para los hijos que tuviera, otro ambiente de mayor paz y sosiego. Y que los conocimientos de España que había tenido en mis lecturas en la biblioteca del abuelo y en mi casa me hacían pensar en la posibilidad de cruzar la frontera e instalarme en algún lugar atractivo y pacífico.

Como me había empapado de lecturas acerca del Quijote y sus hazañas, había algo en mí que me atraía en esa dirección. Por eso, sin decírselo en principio a  nadie, fui mirando, leyendo, devorando el colosal mapa mural de Europa[5], de enormes dimensiones de Jean Baptiste Bouge (1757-1833), cartógrafo e ingeniero real belga, y dedicado al Archiduque de Austria, Charles Louis. Este mapa incluye mucha información acerca de distancias, rutas, ciudades, población, ejércitos, datos históricos, con multitud de escalas y la longitud y latitud de las ciudades importantes de Europa.

Así fue cómo preparé mi viaje hasta aquí, donde ahora escribo, El Toboso, en la provincia de Toledo.

 

[El 1 de abril de 1727 ha nacido Juan Bautista Le Prince, hijo de Charles Le Prince y de Françoise Bourlié, casados, habitantes de la parroquia de Soueich, y ha sido bautizado el mismo día en la iglesia de dicho lugar, teniendo como padrino Jean Baptiste Adoue y como madrina Jeane Marie Bourlié, casados, de la parroquia de Saint Gaudens, y presentes Guy Dancausse e …]



[1] Michèle Escamilla Le Siècle d’Or de l’Espagne. Apogée et déclin, 1492-1598. Paris, Tallandier, 2015, 848 p.

[2] Edición francesa de 1869 de Don Quijote de La Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. Traducido por Louis Viardot e ilustrado por Gustave Doré. L’Ingénieux Hidalgo Don Quichotte de la Manche. París, Librairie de L. Hachette et cie. (imprimerie de Ch. Lahure).

[3] Unos 80 kilómetros.

[4] Confesiones. Henry Marsh. Narrativa Salamandra. Libro digital.

[5] Carte de Europe / Mapa de Europa. Mapas. Autor / Artista: Bouge, Jean Baptiste (1757-1833)

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