IV
Viaje
El hombre no necesita viajar para crecer;
lleva consigo la inmensidad.
Chateaubriand.
Siempre recordaré la fecha de mi voluntario exilio, pues el 21 de enero de 1793 se ejecutó al rey Luis XVI en la Plaza de la Revolución[1], y el 16 de octubre la reina María Antonieta era guillotinada en el mismo lugar. Tengo que confesar que yo no huía sólo de la revolución, aunque el ambiente de esos momentos en mi país no era el mejor para vivir en paz y pensar en el futuro. Quienes sí tenían miedo a la revolución eran mi abuelo y mi padre, debido a los derechos señoriales que ostentaban. Sabían que, antes o después, serían despojados de sus derechos seculares y de sus bienes y, quién sabe, si también de sus vidas. Pero estaban muy orgullosos de haberse adelantado, en cierto modo, al movimiento revolucionario luchando y consiguiendo que las personas que dependían de ellos hubieran pasado de ser súbditos a ciudadanos libres, con todos sus derechos, a los que se contrataba por un salario digno y en las mejores condiciones. Nunca tuve yo mejores maestros de vida y de humanidad.
Y he aquí que en este mismo mes de abril del año 1796 llegaba yo a esta noble villa de El Toboso, procedente de mi Soueich natal, donde había dejado en un mar de lágrimas a mi madre y mis hermanos, y a mi padre con el corazón encogido. De mis tíos me había despedido el día anterior, para no causarles mayor dolor en la despedida. El abuelo, si viviera, más de una vez hubiera repetido que era él el culpable de mi marcha, pues en su biblioteca había descubierto yo esa otra vida en la Mancha, de la mano de don Quijote.
El viaje había sido muy largo, acompañado de un caballo y un mulo, pues no podía utilizar la carreta o el carro, de los que había varios en casa, porque tenía que atravesar los Pirineos, y hubiera sido muy arriesgado. Mis dos fieles acompañantes iban bien cargados de fardos y de bultos, donde llevaba yo mis pertenencias. Lo más inteligente sería seguir el discurrir del río Garona, que nace en España, y serpentear el valle de Arán. Una vez en España hubiera sido mejor seguir hacia Cataluña, por Lérida, lo que hubiera facilitado el camino, porque el rey de España Carlos III había establecido ya en junio de 1761 una red radial de caminos[2], para abastecer al país de caminos rectos y sólidos que hicieran más fácil el movimiento entre provincias, en principio relacionado con el comercio. Y entre ellas estaba la radial Madrid-Cataluña.
Valle de Arán
Bien es cierto que los grandes cambios que en Europa trajo consigo la revolución industrial, científica y tecnológica, las ideas como la libertad, la fraternidad y la racionalidad impulsarían los viajes por el orbe. El objetivo del viaje empezó a ser el conocimiento, pues el viaje es sinónimo de verdad y de certeza, y puedo afirmarlo yo por todas las peripecias que me acontecieron en este que iniciaba. Yo había leído en casa del abuelo que las ideas de grandes filósofos como Montesquieu iban a influir en los viajeros, pues visitarían distintos países e instituciones buscando en muchas ocasiones la reforma de lo propio mediante la comparación con el otro. No era mi caso, porque yo iba a lugar seguro y determinado, aunque quería disfrutar también del viaje y de los lugares de paso.
Graus (Huesca)
Pero como he dicho, preferí seguir el valle de Arán, atravesando ciudades preciosas como Graus, Alquézar, Barbastro, Huesca, y finalmente Zaragoza, donde ya me uniría a la radial mencionada. Prefería caminos menos transitados por todo tipo de gente, desde los comerciantes y negociantes a los ladrones y usureros. Tenía yo el normal temor de ser asaltado a lo largo de camino, y quedarme sin las bolsas de libras francesas, nuestra moneda, con el fin de instalarme en el destino al que me dirigía. Por lo demás, este camino me permitía detenerme en las posadas de los caminos y conocer los lugares más hermosos y variados. Así, también, tendría más anécdotas para mi diario, y para las cartas que iba enviando a mis tíos y a mis padres.
Alquézar (Huesca)
A lo largo del camino tuve noticias, a través de otros viajeros, del denominado Reinado del Terror, o simplemente conocido como Terreur, que se caracterizaba por una brutal represión en forma de terrorismo de Estado, que tuvo como protagonista principal a Maximilien Robespierre. Impuso una sangrienta represión para impedir el fracaso de la Revolución, no dudando en aprobar leyes que recortaban las libertades y simplificaban los trámites procesales en favor de una «justicia» revolucionaria tan expeditiva como arbitraria; completaba el mecanismo represivo un sistema de delación extendido por todo el país mediante 20.000 comités de vigilancia. Eliminó físicamente a la extrema izquierda (los partidarios de Hébert) y a los revolucionarios moderados (los indulgentes de Danton y Desmoulins), al tiempo que perseguía sin piedad a toda clase de contrarrevolucionarios, monárquicos, aristócratas, clérigos, federalistas, capitalistas, especuladores, rebeldes, traidores y desafectos (¡hasta 42.000 penas de muerte en un año!).
Ante hechos así yo pensaba continuamente en mi querida familia, que había dejado en Francia, y deseaba que esos terribles acontecimientos no les afectaran a ninguno de ellos. Por un lado me sentía en cierto modo culpable, pero también liberado.
Al caer la tarde, en las posadas o en los lugares seguros del camino era habitual juntarse y participar en conversaciones con otros caminantes. Uno de los temas habituales era la supresión que había realizado el nuevo régimen de los derechos feudales. Se trataba del impuesto que pagaban los campesinos a los señores o nobles. Esto habría afectado a mi familia y a mi padre, aunque ya he mencionado que hacía tiempo que ellos ya habían introducido grandes mejoras en las condiciones de sus campesinos.
La jornada en que hice noche en la ciudad amurallada de Huesca, apareció por la Posada de la Luna otro francés muy parlanchín y comprometido con la revolución que nos leyó una declaración que, luego supimos, haría historia:
Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre, son las principales causas de las desgracias públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración, constantemente presente a todos los miembros del cuerpo social, les recuerde sin cesar sus derechos y sus deberes[3].
Yo escribí la primera parte de su discurso en un papel que el posadero me dio, porque me pareció de gran importancia y solemnidad. Años más tarde lo comprobaría muchas veces. Y quiero dejarla aquí escrita para los que lean este relato y sepan que un antepasado vivió en primera persona este importante acontecimiento.
[3] https://www.conseil-constitutionnel.fr/es/declaracion-de-los-derechos-del-hombre-y-del-ciudadano-de-1789
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